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La Aparición

08/02/2026
 Actualizado a 08/02/2026
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Visita a las urnas en Aragón. Hoy habrá fiesta electoral maña. Para unos más bien fiestón; para otros, «duelos y quebrantos» (El Quijote, capítulo I), como así quedó escrito desde que se alcanzara la democracia allá por los 70, aunque al final, como se presume, no perderá nadie. La cantinela repetida. La ‘verdad’ contada desde cada trinchera. Nadie ‘palmará’, claro, salvo catástrofe en el conteo final de papeletas. Y habrá quien esté esperando a que se le aparezca la Virgen. 

Y en León, mañana, también tendría que celebrarse otra fiesta –que en su día fue conmemoración grande- con flecos de aniversario con raigambre. Pero no es así. Cierto es que se festeja de forma doméstica e íntima en la barriada del Mercado, pero queda muy lejos de lo que en su momento representó para la ciudad. El lunes, 9 de febrero, la memoria de legajo se desplaza al año 560, fecha en que María, confundida y abrigada entre unas ásperas zarzas camperas, se reveló a un pastor y su amansado rebaño. El hecho -o el milagro-, cuentan, se produjo donde se recibe el crucero de piedra de la genuina y admirada Plaza del Grano, referente indiscutible del milenario lienzo urbano capitalino. Corresponde decir, una vez más, que la nomenclatura municipal del entorno, refleja de Santa María del Camino, aun cuando nadie la menciona o reconozca de esta forma oficial. En cualquier caso nacía la muy leonesa (y muy olvidada) Fiesta de la Aparición, que en lejanos tiempos se consideró como celebración de altos vuelos.

Lo que en otros calendarios se reflejaba como irrenunciable fiesta popular, con el barrio engalanado de cadenetas y su costumbrista verbena con organillo, devino en una apatía total. Desaparecieron los ‘mozos’ –la juventud, en general, ha tomado nuevos rumbos y acepta como algo natural el desapego a sus orígenes vecinales- y se terminó el recordatorio lúdico, que tanto unía a residentes y visitantes. Cabe recordar la camaradería que agavillaba a la mocedad de entonces, con nombres ‘ilustres’ que aún se recuerdan. El Bar Begoña, en la confluencia de la calle La Rúa con Fernández Cadórniga, era el cuartel general de aquellas generaciones, quienes, en comunión vespertina, presumían del barrio sin tapujos ni dobleces. Se volcaban con él. Lo veían y lo sentían como algo propio. Ya no.    No obstante y gracias a la parroquia -con el sacerdote Manuel Flaker Labanda al frente de ella-, se ha conseguido mantener viva, al menos, la llama religiosa y mariana, con una programación en torno al antiquísimo templo de la calle Herreros, en pleno Camino de Santiago. El acto más destacado del programa tendrá lugar a las siete y media de la tarde, mediante una eucaristía presidida por el obispo de la Diócesis, para, a continuación, proceder a la bendición de la primera piedra del que será nuevo Centro Parroquial, enfrente mismo del oratorio. Como conclusión de la jornada «los jóvenes de la parroquia servirán unas sopas de ajo en el atrio de la iglesia». Fin de la fiesta. 
 

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