Los avances tecnológicos de la humanidad han ido cambiando nuestras costumbres, eso es evidente.
Primero despacito, cosa de, a veces, siglos. La rueda, el fuego, el arco y la flecha, la pólvora. Luego llegaron los más tecnológicos, la máquina de vapor, el motor de explosión, la energía nuclear o la radio, el teléfono y la televisión… y cada uno de esos inventos por muy primitivos que fueran, marcaban pautas de siglos, primero, y acelerándose a décadas según fue pasando el tiempo, hasta llegar a hoy que, como decía en la verbena de la Paloma «hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad». Y vaya que sí. Y como nos cambia todo.
De todos ellos, el automóvil, que tiene ahora ciento cuarenta años, se ha hecho imprescindible para los desplazamientos, ya sean cortos o largos (aunque, a veces, también sirva como expresión de situación social).
También, y por desgracia para los usuarios se ha convertido en un elemento impositivo de primera, preciada pieza para la codicia recaudatoria, pues pagamos por circular con un impuesto de circulación, también por no circular y aparcar en verde, azul o rojo y hasta pagamos por no tenerlo ni aparcado ni circulando, sino en nuestro garaje con el correspondiente IBI (si es que pillamos uno, que no es tan fácil).
Pero no solamente eso: sin duda, es el que más ha influido el desarrollo y configuración de las ciudades, que, de un siglo para acá, se han diseñado urbanísticamente para él.
Pero los tiempos cambian, y resulta que, aunque las ciudades, en efecto, las hemos forzado y diseñado para el tráfico de motor, esas calles (especialmente las del centro) son las que son, fijas, constantes e inamovibles, las mismas para cada vez mayor número de vehículos.
Y así, cada vez hay más coches, y cada vez más grandes, quizás por moda, quizás porque eso de la electricidad requiere un cuerpo de baterías bastante voluminosas. Los expertos lo podrán decir.
Y eso que sobre él, el coche, pesa la publicidad más o menos explícita de ‘coche caca’, porque nos está destrozando el aire a base de dióxido de carbono y otros gases aún peores.
Así que circular se hace complicado… y aparcar ni te cuento.
El sábado pasado, en este mismo periódico Ángel Suarez Corrons escribía, de esto del tráfico y circulación dentro de la ciudad, de las penurias para aparcar en especial para los que viven en el alfoz.
Bueno, en el alfoz y en cualquier parte. Y que nadie me diga eso de «pues deja el coche y vete andando», que me parece muy bien, si no fuera porque en este mundo traidor (como se diría en un tango), la cosa no es ni mucho menos igual para todos.
Ahora todo son prisas, y si las compras en general son de mañana y tarde, las gestiones, con todas sus idas y venidas, por aquí, por allá y por ‘acullá’, de mesa en mesa y de ventanilla en ventanilla, por mucha telemática que nos quieran decir que funciona, son por la mañana (y de lunes a viernes). O simplemente la edad o una situación médica, que muchos ya no estamos para trotes ni largos desplazamientos a pie.
También me pueden decir: pues coja el transporte público. Ya, pero resulta que tiene sus itinerarios, va donde va y no está diseñado para eso.
O quizás: coja usted un taxi. Bueno, una vez sí, tres veces al día, un día y otro, ya es otra cosa, que no hay economía que lo resista.
Lo cierto es que las peatonalizaciones están muy bien para aquello de recuperar la ciudad para el ciudadano… si se hace estudiando previamente los ‘daños colaterales’, porque, con cada vez más coches, no se facilitan precisamente el aparcar reduciendo el número de calles utilizables, pues no solamente se disminuyen, es que aumenta la presión sobre el resto.
Porque los aparcamientos disuasorios están muy bien, de verdad se agradece la intención, pero como solamente se pueden poner allá donde queda un trocito de suelo libre, y eso es… donde es, son tan disuasorios (es verdad amigo Ángel) que prefieres poner una vela a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, liarte la manta a la cabeza a dar vueltas y vueltas a ver si hay suerte en las calles y lanzarte a la búsqueda y captura de un hueco, perseguir a uno que se va o, ya desesperado, ponerte en una muy arriesgada doble fila, porque de los aparcamientos subterráneos mejor olvidarse en cuanto llegan las once de la mañana.
Que nadie piense que voy a dar una solución, que no la tengo, salvo, claro, y aunque sea pagando (que a eso ya estamos acostumbrados), posibilitar unos cuantos aparcamientos subterráneos más, que aún recuerdo un fallido intento en la Plaza Circular, y parece que renace el asunto del solar de Santa Nonia.
A ver si hay suerte… y paciencia.

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