Cuando era un mico que no levantaba dos palmos del suelo y tenía más pelo y menos panza, me maravillaba ver cómo Tomasín o Santiago manejaban cientos de ovejas con sus silbidos y la única ayuda de un par de mastines y otros tantos careas. Los veteranos pastores de Redipollos y Villaceid eran mucho más hábiles que el joven Pedro, que se enredaba tratando de ligar con Heidi y Clara antes de tener que salir corriendo porque el rebaño había cogido el careo que le venía en gana.
No le sucede lo mismo a otro Pedro, ese que lleva como apellido Sánchez Pérez-Aviador y cuyas ovejas recorren cada día los pastos de esta nuestra maltrecha y vieja piel de toro al ritmo y en la dirección que él marca. Ni siquiera las negras que no le gustan tratan de cambiar el careo de un rebaño que siempre acaba rendido a las órdenes de este pastor sin boina y sin zurrón.
A las dóciles las pastorea con facilidad bajo el principio de que ‘oveja que bala, bocado que pierde’ y eso le ha rodeado de reses cabizbajas que se limitan a seguir el careo que silba el pastor por muchos y vergonzantes que sean los vericuetos del camino.
Y a las más rebeldes les echa más pienso en el pesebre al llegar al redil para que, aunque balen más de la cuenta, al día siguiente acaben siguiendo el careo legalmente establecido. A nadie se le escapa que el pastor supremo de los españoles está encantado con la paridera que se vive en el rebaño de la extrema derecha. Y de hecho ha contribuido al proceso de monta anunciando que se va a regularizar a las ovejas llegadas de otros países para que puedan pastar con los mismos derechos que las patrias o que los pequeños corderos tendrán prohibido balar a través de los enredos sociales.
Lo justo para desatar las bajas pasiones de quienes creen que cualquiera que viene a España lo hace para delinquir o que todo control en la selva internauta implica un careo comunista al estilo cubano. Lo justo para que ganen votos, se agazapen a la espera de las generales y planteen exigencias inasumilbles por parte del rebaño popular, que gana en las urnas, pero sigue con esa cara de perdedor y no sabe qué careo seguir, como las ovejas cuando llegan del monte y empiezan a disgregarse para ir a cada corte.
«Si pico, me mancho el pico. Y si no pico, me muero de hambre», pensarán en el rebaño popular mientras barruntan que, para frenar esas bajas pasiones en este nuestro engendro autonómico, no bastará acordarse de Feve década y media después o prometer la gratuidad universitaria que negaban hace cuatro días.
«Divide y vencerás, como el lobo cuando ataca al rebaño», pensará Pedro el pastor para tratar de maquillar el constante sacrificio de ovejas de su redil, que se agravará seguramente a mediados de marzo. Y basta un ejemplo para vaticinarlo, la nota remitida este martes por los socialistas leoneses sobre Torneros que en realidad sólo hablaba de problemas en un taller de pilates.
Sinceramente, creo que estarían mejor callados o encomendándose a la intercesión divina y recordando aquel pasaje bíblico en el que Jesús le dijo a Simón Pedro: «Apacienta mis ovejas».