El 10 de junio se cumplieron cien años de la muerte del genial arquitecto Antoni Gaudí i Cornet, máximo exponente del modernismo catalán. Precisamente ese día, el papa León XIV, de viaje apostólico en España, bendijo la torre de Jesús de la basílica de la Sagrada Familia, su construcción más emblemática.
Prácticamente todo su legado se encuentra en Barcelona –Casa Batlló, Casa Milà (la Pedrera), Casa Vicens, Park Güell…–, pero tenemos el privilegio de contar en nuestra tierra con dos de las tres obras de nueva planta que tiene fuera de Catalunya: el Palacio Episcopal de Astorga y la ‘Casa Botines’ en León. Y ahora, a propósito de la efeméride, bien merece la pena conocer un poco mejor su figura, ¿no crees?
Hijo de Francesc, industrial calderero, y de Antònia, Antoni –el menor de cinco hermanos– nació el 25 de junio de 1852, no está claro si en Reus o en Ruidoms, localidades vecinas tarraconenses, que distan poco más de cinco kilómetros entre sí. Estudió Arquitectura en Barcelona y se graduó en 1878; y, ese año, a raíz de la Exposición Universal de París, entabló relación con el industrial Eusebi Güell, que será su principal mecenas.
A partir de 1915, se dedicó casi en exclusiva a la Sagrada Familia, encargo que había aceptado en 1883, ya iniciado, y cuyo proyecto modificó por completo. La inspiración en la naturaleza –huyendo de la línea recta– y el simbolismo son característicos de su obra, como también la técnica del trencadís, mosaicos creados con fragmentos irregulares de cerámica, vidrio o mármol unidos con argamasa.
El 7 de junio de 1926, cuando Gaudí se dirigía a la iglesia de Sant Felip Neri, como cada día –ferviente católico, en 2025 fue declarado ‘venerable’, etapa previa a la beatificación–, fue atropellado por un tranvía, que lo dejó sin sentido; y, al ir sin documentación y por su aspecto descuidado, fue tomado por un mendigo, y no fue reconocido hasta el día siguiente. Falleció el 10 de junio de 1926, y fue enterrado en la cripta de la Sagrada Familia.