Hay toda una cartografía, dispersa por nuestra tierra y muy desconocida, de ruinas de conventos y de otras edificaciones que, debido a las desamortizaciones decimonónicas (que, en líneas generales, no cumplieron su objetivo de devolver a los campesinos las tierras de las manos muertas), fueron abandonados y hoy ya apenas forman ya parte de esa memoria social y colectiva, necesaria para que todo tenga existencia en la historia.
La tarde, soleada y casi veraniega, del sábado del ‘puente’ del Pilar, nos fuimos, vía Sahagún, hasta Villamol, para tratar de fotografiar las ruinas del antiguo monasterio de Santa María de Trianos, que, a orillas del río Cea, en su margen izquierda (mientras que el caserío del pueblo lo está a la derecha, separados por un puente), queríamos conocer.
En Vilamol, no conseguíamos, a primera hora de la tarde, ver a persona alguna. Menos mal que, en un espacio vallado ante una casa, logramos ver a un hombre, al que saludamos y con quien mantuvimos una amena conversación, al igual que con su mujer.
Nos indicaron –aparte de otros temas de conversación que mantuvimos con ellos, sobre cuestiones de la vida tradicional y costumbres de Villamol– el modo de llegar a las ruinas del monasterio, a través de un camino que arranca, por el flanco izquierdo, de la carretera de Sahagún a Cea y que se halla muy cerca de ella, en una finca particular.
El matrimonio, al hilo de las conversaciones y de las celebraciones festivas de la localidad, nos transmitió un refrán de fiestas de invierno: «Los mártires de Gijón, / el veinte de enero son».
Y, siguiendo la pista de tierra desde la carretera, junto a edificaciones más modernas, se hallaban las ruinas del antiguo convento de Santa María de Trianos, hermosas y conmovedoras, con sus arquerías, nervaduras, bóvedas y muros quebrados, con algún capitel románico de sirenas y otras figuras fantásticas, con los antiguos recintos de la iglesia y de algunas dependencias conventuales, que aún podían contemplarse, con emoción silenciosa y con esa melancolía que surge de comprobar cómo, en nuestro país, no somos capaces de valorar y mantener nuestro patrimonio.
La fundación del antiguo convento de Santa María de Trianos, con ser incierta, puede ubicarse en el siglo XII y es atribuida al noble de Tierra de Campos Tello Téllez de Meneses. Tal centro monástico sería encomendado. Y tuvo siempre la sombra, para poder haber crecido algo más, del potentísimo monasterio benedictino de Sahagún, en pleno Camino de Santiago.
En el siglo XVI, concretamente en 1519, los frailes dominicos se establecieron en él y terminó adquiriendo gran prestigio, ya que estos frailes fundarían una escuela para la enseñanza de humanidades, filosofía y teología, creándose diversas cátedras, que adquirieron cierto prestigio y renombre no solo en León sino más allá de lo que hoy es la provincia, en la época renacentista. Pero el monasterio se extinguiría en el siglo XIX, con la desamortización, en 1835 en concreto.
Es un monasterio muy poco estudiado. Nuestro amigo y compañero de tiempos universitarios salmantinos, el profesor Guillermo Castán Lanaspa, junto a su hermano Javier, publicarían en la Universidad de Salamanca, en 1992, el libro titulado ‘Documentos del Monasterio de Santa María de Trianos (siglos XII-XII)’. Y, en 2000, la también profesora Josefa de la Fuente Crespo publicaría otro, titulado ‘Colección documental del Monasterio de Trianos (1111-1520)’.
Volvimos al atardecer a León, deteniéndonos en pueblos de nombres hermosos: Cea, Bustillo de Cea, Villacalabuey, Banecidas, Castellanos, Calzadilla de los Hermanillos…, hasta desembocar en El Burgo Ranero. Un itinerario de peregrinación, que habrán recorrido, desde tiempos medievales –un tiempo de oraciones, de monasterios y de siervos de la gleba o de la tierra–, muchísimas gentes europeas.
Y volvimos con esa melancolía de haber contemplado, en la tarde otoñal, unas ruinas hermosas junto al Cea. Y, hoy, olvidadas de todos.
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