Cada 1 de noviembre, con sus correspondientes vísperas, he acudido al cementerio y solo me lo he perdido de forma excepcional. Es una costumbre heredada, un lugar al que me llevaron de la mano de rapacina y al que ahora voy por voluntad propia. Mis primeros recuerdos de Todos los Santos son en el cementerio viejo, un lugar que se asentaba donde ahora han levantado un velatorio. «Aquí está todo el jugo de los nuestros». En aquel había menos mármol y más tierra, que al final es donde vamos a parar literalmente tras una vida rodeados de metafórico barro. Recuerdo sus cruces de forja y piedra, los rectángulos trazados con pequeñas piedras que marcaban los límites. Pero quedó pequeño, como pasa en los pueblos en los que el único censo que crece es el de las ausencias. Y pasamos a tener uno más grande, que también se va quedando ya pequeño, y a él volveré estos días para echar una mano a mis padres con eso de sacar brillo a los recuerdos. Siempre surge un «si te viera abuela», un «qué te diría abuelo». Siempre duele quien se fue incumpliendo toda ley de la naturaleza «porque no hay nada más duro que enterrar a un hijo». Y siempre vuelvo, por estas fechas y por otras. Para no perder de vista que como me veo, se vieron; que como les veo, me veré. Que siempre estamos cerca de estar allí, en ese lugar en el que las historias se empiezan a contar al revés, por el final. Vivir hasta reventar. Antes de que sea tarde.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.