Tiene interés la genealogía, indagar en nuestra ascendencia personal o familiar. Incluso en nuestra ascendencia colectiva de pueblo, de ciudad, de territorio. Esto da bastante juego no sólo a historiadores propiamente dichos, sino también a numerosas personas aficionadas al realismo mágico, esa corriente literaria que fusiona, a veces con éxito, realidad y fantasía. Las tierras leonesas son muy de este género.
Sin despreciar cuanto detrás hay de leyenda o de labor de investigación, lo último que hemos conocido es que la Santa Teresa tuvo por cuna la comarca de La Cepeda, tal y como nos cuenta Antonio Natal en un libro más que documentado. Lo mismo que hicieron en su día Gregorio Fernández Castañón y otros al referirse al origen leonés de Miguel de Cervantes y de algunas de las peripecias de su Quijote. O el atrevimiento de la profesora Margarita Torres al situar en la basílica leonesa de San Isidoro la residencia del Santo Grial. Así mismo, las historias que me contaba un viejo conocido acerca de los paseos de Hermes Trismegisto por la antigua ciudad romana de Lancia, allá sobre el alcor que domina las vegas del Porma y del Esla. Y, en fin, a fuerza de lucirlo de modo casi omnipresente por estos lares, cualquiera dirá un día que Gaudí era de León de toda la vida. O de Astorga, que no se sabe bien.
Esto es común en las tierras leonesas, más común cuanto más se persigue cierto germen sobresaliente que dé sentido a un futuro que se desearía glorioso. Más o menos como muchas gentes desean hoy repetir un pasado supuestamente feliz que nunca existió en verdad y por eso se dejan ir en brazos de la melancolía. Lo leonés, aunque no exento de su correspondiente dosis de frustración, disfruta al menos de cierta ingenuidad sana frente a la acidez de otras añoranzas. Sobre esos ideales enfermos se levantan patrias.
Todos, menos Javier Krahe o León Felipe, hemos perseguido para nada un antepasado eminente. Quizá, como ellos, debiéramos mejor conformarnos para evitar toda vanidad.