Félix Cuéllar

La ansiedad: cuando la vida desborda

17/04/2026
 Actualizado a 17/04/2026
Guardar

Hay momentos en la vida en los que uno no se rompe, sino que se desborda. Perder un trabajo, hacer una mala inversión, atravesar una ruptura o ver cómo se tambalea aquello que nos daba seguridad puede dejar al cuerpo y a la mente en estado de alerta. Entonces aparece la ansiedad: el corazón acelerado, el nudo en el pecho, el insomnio, los pensamientos que no paran. Y conviene decirlo claro: en muchas ocasiones, sentirse así no significa estar enfermo, sino estar atravesando algo difícil. Después de un golpe importante, estas reacciones pueden ser normales. 

Entender esto es importante, porque muchas personas no solo sufren por lo que les ha pasado, sino también por sentirse mal. Se juzgan, se avergüenzan, se exigen volver a estar bien enseguida. Pero no hay nada extraño en que el miedo, la incertidumbre o el cansancio se apoderen de uno durante un tiempo. A veces, la ansiedad no está diciendo que haya algo roto en ti, sino que hay algo vivido que todavía duele, pesa o no ha podido ser asimilado. 

Eso no significa resignarse ni quedarse atrapado ahí. Significa dejar de pelearse con uno mismo para empezar a comprenderse. La salida no suele comenzar cuando uno se obliga a «ser fuerte», sino cuando se permite reconocer lo que le pasa, ponerle nombre y pedir apoyo. También ayuda recordar algo que, desde dentro del dolor, cuesta creer: esto puede pasar. No de golpe, no por arte de magia, pero sí poco a poco. Muchas reacciones intensas ante el estrés disminuyen con el tiempo, sobre todo cuando la persona deja de aislarse y empieza a recuperar pequeños apoyos y rutinas. 

¿Qué puede ayudar de verdad? Volver a lo básico. Dormir lo mejor posible, comer con cierta regularidad, caminar, moverse, respirar más despacio, reducir cafeína y alcohol, hablar con alguien de confianza, escribir lo que uno siente y no tomar decisiones impulsivas en mitad del desbordamiento. También ayuda centrarse en lo que sí puede hacerse hoy, aunque sea poco. Mantener rutinas, apoyarse en personas cercanas y ponerse metas realistas son estrategias recomendadas para atravesar momentos de alto estrés y ansiedad. 

Mirar la situación con un poco de esperanza también puede ayudar, pero sin convertirlo en una obligación. No se trata de negar lo difícil ni de repetirse frases vacías, sino de no dar por eterno lo que quizá es transitorio. Un mal momento no define una vida entera. A veces, el alivio empieza cuando uno deja de preguntarse «qué me pasa» y se atreve a preguntarse «qué necesito ahora para sostenerme mejor». La resiliencia no consiste en no caer, sino en ir recuperando suelo poco a poco. 

La medicación puede aliviar en algunos casos, pero no sustituye todo lo demás: comprender lo vivido, cuidarse, pedir ayuda y volver poco a poco a la propia vida. Porque la ansiedad no siempre viene a destruir. A veces viene a señalar que algo necesita ser atendido. Y escuchar esa señal, sin culpa y sin miedo, puede ser el comienzo de la salida.

Lo más leído