Hablamos de anomalía cuando nos referimos a algo que se aparta de lo normal o habitual. Bajo esa sencilla definición, será fácil coincidir en que nuestro presente, este momento histórico, es anómalo en un doble sentido, bien porque viene a romper con una evolución digamos que progresiva de la humanidad, bien porque para otros persigue combatir una anomalía precedente y restituir un orden antiguo.
El fascismo es una anomalía, por más que repetida y dolorosa siempre, al menos desde que fuimos conscientes, con Vigotsky, de que no evoluciona únicamente la especie que mejor se adapta, según Darwin, sino la que más colabora. No sólo sobreviven los más fuertes, sino los que más cooperan. La fuerza del individuo frente al vigor de la sociedad. En esos términos se referirán los historiadores dentro de cien años, cuanto todos estemos calvos, a esta época turbia que nos toca vivir y padecer. Y también combatirla mientras tengamos pelo. Una aberración, sentenciarán.
Por su parte, los fascistas enseñoreados se aúpan y crecen sobre lo que consideran desviaciones imperdonables: la mayor igualdad aunque leve de las mujeres, el cuestionamiento del patriarcado, el reconocimiento y ejercicio de la diversidad, la universalidad cultural y el crecimiento de lo otro, el pensamiento abierto y la participación democrática. Superado un tiempo de conquistas en esos terrenos, surge la reacción amparada sobre todo en los laberintos digitales, en la exaltación del miedo y en un individualismo torcido. Ejemplos, al menos estos dos últimos, de evidentes anormalidades.
Pero qué combatir, se preguntarán algunos, para romper con lo anómalo y respirar. Cuatro cuestiones son el eje fundamental de la pelea: la desigualdad, la precariedad, la superficialidad y la pérdida de intimidad. En esos cuatro campos se juega el futuro y, parafraseando a Warren Buffet, parece que vamos perdiendo. Cualquier pensamiento, cualquier decisión, cualquier acción compartida en esas materias serán decisivas e inaplazables.