Imagen Marina Díez

Angustias sí, alboroto no

31/10/2026
 Actualizado a 31/10/2026
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El otro día leí una frase que me hizo reír y pensar al mismo tiempo: qué curioso que existan mujeres llamadas Dolores, Angustias o Soledad y que, sin embargo, no haya ningún hombre que se llame Agobio, Espasmo o Alboroto.

Más allá del chiste, la pregunta es buena. Porque los nombres nunca son inocentes.

En nuestros pueblos ha habido muchas Dolores. Muchas Angustias. Muchas Soledades. Y no solo porque la tradición religiosa así lo marcara —la Virgen de los Dolores, la Virgen de las Angustias, la Soledad—, sino porque culturalmente hemos aceptado algo más profundo: que el dolor tenía rostro femenino.

La mujer como la que espera.

La que acompaña.

La que sufre en silencio.

La que sostiene.

Durante siglos, la identidad femenina estuvo ligada a la resistencia silenciosa. No al protagonismo, no a la acción, no al alboroto. A la paciencia. A la pena. A la contención.

En cambio, los nombres masculinos evocaban fuerza, conquista, protección, poder. Fernando, Alfonso, Guillermo, Rodrigo. Nombres que suenan a armadura, a espada, a decisión. No hay tradición de varones llamados Desvelo o Incertidumbre. No hay un Don Agobio en las esquelas del periódico.

Y no es casualidad.

No es que las mujeres hayan sufrido más por naturaleza. Es que se las ha educado para asumir el sufrimiento como parte de su identidad. Incluso para llevarlo en el nombre. Como si la tristeza fuera una herencia legítima que se transmitía de generación en generación, envuelta en mantillas negras y rezos de novena.

El hombre, en cambio, ha sido educado para actuar, no para padecer. Para ser causa, no consecuencia. Para ser el que resuelve, no el que llora.

Lo simbólico importa más de lo que creemos. Los nombres moldean imaginarios. Nombran lo que consideramos digno de ser encarnado. Si a las niñas se les entrega el dolor como nombre propio, algo estamos diciendo sobre el lugar que ocupan en el mundo.

Quizá hoy ya no bautizamos así con tanta frecuencia. Quizá las nuevas generaciones se llamen Alba, Vega o Leo. Pero las palabras no desaparecen del todo. Se quedan flotando en la memoria colectiva.

Y tal vez la verdadera igualdad no consista en dejar de llamar Dolores a las niñas, sino en permitir que los hombres puedan habitar también la angustia sin que eso cuestione su hombría. En aceptar que la vulnerabilidad no tiene género.

No se trata de repartir tristeza. Se trata de repartir humanidad.

Porque si algo hemos aprendido en estos tiempos crispados es que el dolor no reconocido se transforma en rabia. Y quizá nos iría mejor si, en lugar de reprimir el Agobio o el Espasmo, aprendiéramos a nombrarlos sin vergüenza.

Al final, no se trata de cambiar los nombres del registro civil. Se trata de cambiar lo que esperamos de quienes los llevan.

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