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El amuleto de los poseídos

24/04/2026
 Actualizado a 24/04/2026
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Existe un lado correcto de la historia que se parece, peligrosamente, a un club privado con derecho de admisión. Lo ocupan quienes acumulan el capital, controlan los ejércitos y financian los altavoces que dictan quién habita el bien y quién, por defecto, integra el eje del mal. Es una lógica de palacio de cristal: el que manda nombra la virtud; el que protesta ejerce el mal por definición. Resulta trágico ver cómo los poderosos se arropan en sus mejores galas mientras los subyugados son saqueados de manera metódica.

En este paisaje de espejismos, exigir un trabajo digno se etiqueta como «conflictividad» y reclamar un techo se tacha de «populismo». Denunciar la violencia machista, con el parte de víctimas en la mano, se convierte en «ideología», mientras que negar el cambio climático frente a los datos científicos se vende como sensatez. Es la sátira de la realidad: quienes se defienden aparecen hoy como los malos a ojos de una justicia que debería ser justa y, sin embargo, no siempre lo es. Hubo, no obstante, un resquicio de luz para las ‘Seis de la Suiza’ por el delito de hacer sindicalismo; el indulto del Gobierno ha llegado como un bálsamo necesario ante una sentencia que olía a escarmiento y cerrazón.

León conoce bien este guion de sombras. Desde hace décadas, habitamos un invierno de desequilibrios presupuestarios y pérdida de infraestructuras. No es un castigo divino; es una sangría de más de 100.000 habitantes en cuarenta años, con nombres y apellidos en los despachos. Es un exilio silencioso que sabe a la nieve de Babia que ya nadie pisa, un recuerdo de los puertos donde el ganado ya no sube y de las chimeneas que solo humean en los sueños de los que se fueron.

Ante tal panorama, uno siente la tentación de refugiarse en lo antiguo. Necesitamos un apotropaico: un rito o un símbolo capaz de alejar el mal de verdad y protegernos de quienes sostienen el poder con soberbia. Como sugiere Antonio Turiel, debemos librarnos de los fanáticos, esos que tienen menos de tres contradicciones y de los hipócritas que acumulan más de siete.

Líbranos, oh amuleto, de los que administran el olvido y de quienes predican la exclusión mientras se llenan la boca con una concordia vacía que no abriga a nadie. Convierte esta ínsula leonesa en un espacio libre de yugos. Porque aquí no hace falta misticismo; hacen falta números que, por fin, reconozcan la verdad que las y los paisanos ya mastican con amargura en el largo silencio del pan nuestro de cada día.

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