Al final de Ordoño hay una obra de Cuenllas en cuya placa se lee ‘Coche de carreras nº 19’. Sentado en el bólido (dentro de la escultura, por tanto) un chucho lanudo, con gafas de sol y en posición de piloto, es-fotografiado-por-su-divertido-dueño. Así, dicho en frase inversa porque el verdadero protagonista es el PERRO. Así, escrito en caja alta, pues el artista ahora es él, son ellos, los chuchos, por encima de las demás mascotas y de sus dueños. Estrellas caninas, los amos son ellos.
Otra muestra. Alguien pedalea por el carril bici a la altura de la Candamia, un perro suelto sale a morderle, el asustado ciclista advierte, sensato aunque firme, señora, átelo o edúquelo; la mujer responde a gritos, reacción desgraciadamente frecuente, como loca y como si el atacado fuese su can, no hubiera defendido tanto a un hijo, su perro tiene derecho a estar suelto por allí, casi le faltó decir que tenía derecho a morder, es su carácter, ¿no?; el ciclista tiene que envainársela, callarse, recular, los testigos tampoco parecen estar de su lado o son muy pusilánimes, los derechos son del animal. Derechos. Hemos otorgado tantos privilegios a los perros que los amos son ellos, y sus dueños apenas unos cuitados fanáticos (eso sí, constituidos casi en lobby) que se ocupan de que el estatus se cumpla. Digámoslo claro: estamos jodidos.
Es evidente que este asunto se nos ha ido de las manos: asistimos atónitos a la prevalencia de las mascotas en pandemia; la vida sigue igual. Veinte millones de animales de compañía en este país, más perros que niños. Las infecciones de enfermedades transmitidas por animales han aumentado un cincuenta por ciento en la última década. Se humaniza al animal mientras se deshumaniza a indigentes e inmigrantes. Más cosas: zonas de esparcimiento incontroladas, suciedad, montoncitos en las calles, esquinas amarillas, ninguna sanción; tertulias de dueños hasta altas horas, ladridos madrugadores; comportamientos extravagantes, mimos para el chucho y bronca al abuelo, bodas y funerales de perros, custodias compartidas, acceso al baño en piscinas, vídeos de `mis primeros ladridos’, series de televisión y hasta juguetes sexuales para ellos, personas desfavorecidas que acuden al Banco de Alimentos con dos galgos; gran negocio alrededor, braquets, clínicas, carritos de bebé, peluquerías; y el invento de las famosas colonias que ahora traen de cabeza a los ayuntamientos… Hemos perdido el norte y además la brújula. El problema en el mundo animal son las plagas y esta ha adquirido ya tal consideración: una moda contemporánea que acaba en plaga provocada, irresponsable, surrealista. El riesgo está en el exceso y, con sobrepoblación canina, vivimos instalados en él.
La situación es seria y pronto habrá leyes para proteger a los humanos de las mascotas, pero ya sólo puede abordarse desde la ironía o el descojono directamente. Hasta tendremos que revisar ciertas expresiones: aquello de estar canino ha derivado en ¡quién fuese perro! Por favor, liberad a Pluto (al Pluto/perro) y que cada amo se lama su cipote.