Nacho Barrio

Amores de temporada

24/07/2026
 Actualizado a 24/07/2026
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Una vez, hace ya muchos veranos, me dieron boleto en el primer descanso de una verbena. No era una participación de las de Villamanín, pero el bajón fue similar al que le dio a la comisión de fiestas en la tarde del 22 de diciembre. Agoté el periodo de prueba que se me ofreció semanas antes, por lo que me anularon la versión Premium en la cara y al poco ya tenía sustituto. Empezaba el verano, pero para él.

Nunca he sido un gran defensor de los amores de verano. Que están bien, no le digo que no. Hay emoción en empezar algo sospechando que terminará cuando el calor desaparezca. Es la gracia de lo efímero, sí, pero da cierta rabia. Les dedican canciones, películas y novelas que llevan décadas empeñadas en convencernos de que el buen tiempo hace más fácil enamorarse y más llevadero despedirse. Será para el que deja.

Un servidor, sin embargo, siempre fue más de los amores de temporada. Muchas veces no por elección propia.

El año comienza en septiembre y discutiré a cara perro con quien lo niegue. No me van esos romances que nacen entre chiringuitos, festivales y puestas de sol. Los míos solían llegar cuando se acababan las vacaciones y tocaba volver a la rutina. Había historias que empezaban cuando uno estrenaba cuadernos o cuando el curso ya llevaba la mitad andada. Cuando, de repente, destinaban a un militar a tu ciudad y a su hija no le quedaban más narices que acabar en tu colegio. Aquellos días parecía que iban a durar para siempre, pero acababan muriendo cuando llegaban las notas de junio. Como si el calendario escolar hubiera puesto también fecha al vencimiento amoroso.

Con el tiempo entendí que hay relaciones condenadas a durar exactamente lo que dura una etapa. Un curso, unas prácticas, un trabajo temporal, un Erasmus o aquella extraescolar a la que acudías más pendiente de quién se sentaba dos filas más allá que de lo que tocaba aprender. Uno hace como que no lo sabe, pero el calendario siempre lleva ventaja.

Aunque el calendario a veces también se equivoca. Noelia llegó en mayo para quedarse, como excepción que confirma la regla. También hay amistades nacidas en pleno verano que sobreviven a todos los inviernos. A Alberto lo conocí en la autoescuela. Hacía calor, el código de circulación generaba menos interés que las cañas posteriores y mi primera impresión fue rotunda: este chico es profundamente imbécil. Hoy es uno de esos amigos que cuento con los dedos de una mano.

El invierno también tiene su encanto sin tantas canciones en su honor. El frío invita al arrejunte. A darse prisa porque en la calle no se puede estar. A que una fiesta en casa sea un buen plan sin ventiladores y a sacarle partido a lo de que anochece antes. El amor (o lo que sea) también llega cuando la dichosa marmota no se mira la sombra ni de broma.

Y con la primavera, con el amago del verano que está por llegar, el amor tiraba la finta y se largaba. Cuando los planes apuntaban a la primera escapada juntos, la relación hacía lo propio: tomarse un tiempo.

Al final he llegado a la conclusión de que la temporalidad no pertenece al verano. Pertenece a la vida. Hay personas que aparecen para acompañarte un trecho y otras que, sin hacer demasiado ruido, terminan quedándose para siempre. Nunca sabes cuáles serán unas y cuáles las otras. Quizá por eso merece la pena arriesgarse a conocerte, que cantaban Love of Lesbian.

Yo, al menos, siempre fui más de los amores de temporada. Porque hace tiempo descubrí que el momento no lo marca la subida del mercurio. Lo marca la vida. Y esa, por suerte o por desgracia, nunca avisa de cuándo toca ir pensando en bajar la ropa del altillo. 

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