Pese a todo, persevera en la búsqueda. Y a menudo le asalta la convicción de que nada podrá colmar ese afán, pues o bien se verá incapaz de reconocerlo cuando sea que se presente o bien concluye que se trata de una mera construcción literaria, un motivo del arte solo destinado a alentar ese tipo de pesquisas sin desfallecer pero que, como tantos tópicos y ficciones, no existe.
A menudo dedica los espacios negros y dilatados de la noche a esa caza sin cuartel y, tal vez, sin esperanza, repasando cuanto ha sucedido o cree que sucederá. No suele dormir del tirón y con frecuencia casi diaria sus breves paréntesis de sueño desembocan en horas de insomnio estancadas en la ciénaga palpitante que envuelve sus pensamientos, apenas sujetos con algún cordel de lucidez. Hacia el ecuador de ese país confuso e ingobernable de la vigilia se despierta definitivamente con una sensación acuciante de orinar que ha surgido con naturaleza de alguna ensoñación, como el ahogo de quien emerge del agua y recupera el aliento de pronto. Piensa que se hace mayor y, tal vez, la enfermedad se acerca. Tanta es la aprensión que ha acumulado. Intenta dormirse de nuevo pero no puede y a duras penas se levanta arrastrando el cansancio que su reposo precario no alivia, sonámbula y torpemente como quien regresa de un largo viaje por mar. En el baño apenas ve aunque encienda una luz que ciega y desvela, pero sigue un ritual que conoce de memoria. Vuelve a la cama a tientas, sin tropiezos y con un sigilo extremo para no molestar. Sin embargo, en medio de la oscuridad y el silencio, cuando está a punto de acostarse, suena la misma voz adormilada pero firme de todas las noches: «¿estás bien?» Y entonces lo reconoce al fin. Eso es lo que andaba buscando.
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