02/11/2025
 Actualizado a 02/11/2025
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«Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.» G.A. Bécquer.

La Santa Compaña conquistó la provincia con comitivas fantasmales escapadas del purgatorio, saliendo de iglesias y cementerios, vestidos de mortaja, sin más luz que sus antorchas, arrastrando los pies por caminos y pueblos leoneses, llenándolos de mitología y miedo, entre conjuros, leyendas y alguna parada, dándose una tregua para caldearse, unos el cuerpo y otros el ánima, con chocolate caliente o unas castañas recién asadas. Dan igual las distintas versiones sobre el origen de esta fiesta pagana. Qué importa si fue cosa de un ejército escandinavo de guerreros muertos cabalgando en noches de invierno hacia la Valhala. Y qué importa cuándo y dónde, aquellos guerreros pasaron a ser espectros, formando un ejército de ánimas en pena. La fiesta del Samhain coincidiendo con la Güeste celta y la festividad cristiana de Todos los Santos. Hubo espacio y tiempo para todo en la misma fecha y la noche pagana sirvió de antesala al día del Camposanto.

Ayer, las comitivas fantasmales, respetando el ritual, se difuminaron en la nada, llevándose sus faroles y despejando los senderos, al tiempo que despuntaba el día y se desperezaban los vivos. Hoy se invierten los papeles y son los vivos los que ocupan los caminos que dan a los cementerios, al encuentro de sus ancestros. Llevan con ellos un duelo, unas flores y ese silencio tan callado con que se habla a los difuntos. Han metido el pañuelo en el bolsillo por si las emociones  se sueltan tanto que no consiguen uncirlas a la calma. Y han cogido abrigo porque el invierno se nos metió en León por las bravas, como debe ser al arrancar noviembre, que somos muy de tierra adentro, el refranero agrícola son los diez mandamientos y así reza el primero: «De los Santos a Navidad es invierno de verdad». 

Y ya, con el tabardo en el maletero, ponemos rumbo a los pueblos, por ser una provincia rural, casi hasta el cogollo que enmarca la plaza de Santo Domingo. Es tierra de tierra, de montes, de padres y antepasados custodiando esos valles tan queridos como deshabitados, desde que ellos faltan. Sin importar la dirección que tomes al salir de casa, hoy las comitivas de vivos ponen rumbo al campo, sintiendo un doble duelo, con la sensación de que el camposanto empieza donde empieza el pueblo. De forma extraña, la ausencia de los tuyos se reconforta un poco mientras limpias el mármol, renuevas esas flores que no hacen ninguna falta y das una palmadita sobre el mármol, como acariciando a alguien, y absorbiendo esa calma que rezuma el lecho de los nuestros. Y te vas, sintiéndote  culpable por no haber venido antes y por el pecado de omisión que te llevas. Mejor que no sepan que León tiene otro duelo muy grande escondido, que algunos vamos a mencionar siempre que podamos, no vayan a conseguir que quede en el olvido. Mejor no decirles que tenemos un cementerio gigante que lleva el mismo nombre de la provincia. Mejor que no sepan que ardieron sus bosques y sus robles centenarios. Cruzando los paisajes calcinados, solo queda usar las mismas palabras que cuando ardió el campo de tiro del Teleno, ya que andamos con las ánimas sueltas, para pedir a las `mouras´ que dejen de atusarse las melenas y protejan nuestros campos, ríos y bosques. Y a ser posible, que empiecen ya con los conjuros porque los de CYL siguen a lo suyo, hasta que las güestes de ánimas sean reales y los pueblos y montes estén habitados por fantasmas, consiguiendo darles segunda sepultura, bajo una gruesa capa de olvido. 

Casi se lleva peor el duelo por los pueblos, que no puedes consolar con un rezo y un par de crisantemos. Saludar a los escasos supervivientes rurales, te hace sentir parte de la comitiva nocturna, como si fueras tú el ancestro, regresando a los lugares que conociste vivos, en busca de sus gentes, porque la despoblación es otra de nuestras muertes. Es tanto el silencio del aire que parece que estés violando sepulcros, porque cada puerta que intentas abrir es un quejido oxidado. Parece que el tiempo se ha metido en el papel y nos hace parecer más fantasmales cuando un perro anuncia nuestra llegada, pegados al paredón para que el alero nos proteja de la lluvia. El único perro y la única llegada a la única casa habitada de ese pueblo, que podría ser cualquiera. Y alrededor, ruinas en las que cada uno ve allá, en el fondo de la vida, la alberca donde se lavaba pecados aún no cometidos, el corral donde se vareaba la lana. Y ese era el balcón de la que dió en loca porque su hombre no volvió de la mina.   

La versión pagana de estas fechas, con una cacería entre breñas y zarzales, de Becker, nos ha traído al lamento cantado por Víctor Manuel, perfecto para el Día de Difuntos. «La muerte y el amor no tienen cura. Y por eso no se acaban nunca. Si el amor no creciera hasta en las ruinas, podríamos dar la vida por perdida». 
 

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