marta-del-riego-webb.jpg

Amo los clubes de lectura

29/05/2026
 Actualizado a 29/05/2026
Guardar

La mujer levanta la mano, dice: Creo que ‘Cordillera’ es una novela muy poética, mi padre era pastor, llevaba la radio y escuchaba a Luis del Olmo, conocía todas las yerbas del campo. Un hombre levanta la mano, dice: Yo soy biólogo, me he sentido muy identificado con Darío, trabajamos en la sombra, no se reconoce nuestra labor. Otra dice: Tuve que dejar mi pueblo en la montaña, pero he regresado, como Nidia. 

Voces, voces y el eco de esas voces retumba en mi novela. Son los clubes de lectura. Qué sería de los libros si no hubiera lectores y lectoras.

El oficio de escribir es muy solitario. Siempre a solas con tus pensamientos, tus sueños, tu imaginación, contemplas la pantalla del ordenador con ojos fijos, hablas contigo misma, vas a la compra y los protagonistas de tu novela te susurran en la cola de la pescadería, la gente pasa a tu alrededor, una mujer ensimismada, nadie creería todo lo que hay dentro de tu cabeza, mundos enteros, paisajes, personajes, con cada una de sus vidas y ramificaciones, el árbol es tan frondoso que no te deja ver el bosque. Y ¿qué es el bosque? El bosque son los lectores y lectoras. Los que hacen realidad lo que tú soñaste una vez. Cada uno de ellos reconstruye tus palabras y con ellas levanta un universo en su propio cerebro. Que no es el tuyo. Esa es la magia de la literatura. La literatura es libre, te deja libertad para imaginar. Amo los clubes de lectura. 

Llevo dos años visitando clubes con mi última novela. La lista sería muy larga, pero os hablaré de los dos últimos. Del de Cristina Flantains en Castro del Condado, León, y de Truhana, de la Biblioteca de Peñafiel, Valladolid. En uno nos reunimos en la iglesia del pueblo porque no cabíamos en las antiguas escuelas, luego nos fuimos a tomar una cerveza al teleclub y alguien sacó una pandereta. En otro, en la biblioteca municipal, un edificio luminoso, con una mesita en la entrada para que la gente haga intercambio de esquejes de plantas, llevas uno y dejas otro, y mientras firmaba libros se abrió un vino y se brindó y, por supuesto, me fui con dos botellas de Ribera del Duero. En ambos se habló de literatura, se habló del mundo rural, nadie pronunció las palabras malditas «España vaciada». Una mujer llegó con mi poemario envuelto en papel, murmuró, me emociona, y se echó a llorar. En otro, una mujer me dijo, esta novela apareció en un momento muy duro en mi vida, me ayudó. Después me abrazó.

No sé si os podéis imaginar qué se siente. Tus palabras, lo que escribes, logra conmover. Es una sensación... de comunidad, de que escritores y escritoras formamos un todo con las personas que leen. Es así y el que diga lo contrario, miente. Un libro no está completo hasta que alguien lo lee.

Lo más leído