Desde hace medio siglo he visto agonizar y morir a muchas personas, en domicilios particulares o en centros hospitalarios. La última anteayer. Con frecuencia visito enfermos en unidades de cuidados paliativos. Noto una gran diferencia entre lo que ocurre ahora y lo que ocurría hace años, cuando había agonías realmente angustiosas. Ahora las cosas han cambiado con los cuidados paliativos y las sedaciones. Afortunadamente, estamos muy lejos del ensañamiento terapéutico, de la obsesión por la prolongación forzada de la vida de un enfermo terminal. Poco tiene que ver esto con la eutanasia en los términos en que ahora se plantea. La reciente ejecución de Noelia ha puesto el tema de actualidad.
Quienes estamos en contra de la pena de muerte, cuando hemos conocido la forma de proceder para matar a esta chica de veintitantos años, nos han venido a la mente escenas parecidas de las ejecuciones que tienen lugar en los países en los que aún se aplica la pena capital. Es realmente escalofriante por mucho que se quiera edulcorar. En realidad lo que ha hecho el Estado, y más en concreto la Generalitat de Cataluña, es ayudar a Noelia a cumplir su deseo de suicidarse, aunque algunos le llamen respetar su voluntad.
Por desgracia he tenido que acompañar a bastantes familias con ocasión del suicidio de alguno de sus miembros, jóvenes y mayores. Toda muerte inesperada resulta dolorosa, pero, cuando se trata de un suicidio, muchísimo más. Más de una vez hemos intentado disuadir a algunas personas para que no se quiten la vida, unas veces sin éxito, pero otras demostrando que los problemas se resuelven y se recuperan las ganas de vivir. En el caso de Noelia, a quien de ninguna manera pretendemos juzgar, sino desearle que se encuentre en paz, parece claro que las autoridades en lugar de ayudarle a vivir le ayudaron a suicidarse. Macabro, pero real. Y, si había gente buena dispuesta a ayudarle, no se le dejó. Pero, además, es un mal precedente. Ahora podrán venir más personas deprimidas, deseosas de suicidarse, a que se les facilite el trabajo. Y que no nos vengan con la monserga de que se trata de algo legal. No faltan legisladores que dictan normas contrarias a la ética y a la razón, que hace leyes a su antojo. Esta gente, infectada de ideologías perniciosas, en realidad considera un triunfo acabar con la vida de alguien mediante la eutanasia o el aborto. No les gusta que se les ayude a cambiar de opinión. Son fans de la cultura de la muerte.