09/01/2026
 Actualizado a 09/01/2026
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Las veces que coincidimos me había invitado –en realidad fue una autoinvitación– a visitar su casa Museo. Y esa mañana de sábado, guiada por la frase de Clarissa Pinkola «Si no sales al bosque, jamás ocurrirá nada y tu vida jamás empezará», traspasé el umbral de los días iguales y me desplacé a León para cumplir un deseo largo tiempo acariciado.  

Su vivienda estaba situada en el tercer y último piso de un recóndito edificio de techos altos que su abuelo había mandado construir en 1950. Las vitrinas exhibían muñecas y juguetes antiguos, y las paredes, pintadas de colores, mostraban collages y loza con algunas piezas descascarilladas que imprimían solera al conjunto. Me mostró su rincón de trabajo –una mesa situada bajo un gran ventanal que daba a un amplio y silencioso patio interior–, sus creaciones (latas de sardinas con fotos, labores textiles), álbumes de cromos, un cuerpo de látex que su hija, artista como ella, había hecho acaso como homenaje a la memoria familiar y femenina. Por todos los rincones de ese espacio único que desprendía olor a cera, entraba la luz. 

En el salón, desde el que se divisaba uno de los muchos árboles del Paseo de la Condesa, estaban dispuestos, sobre un mantelito primorosamente bordado, dos tazones de loza distintos y un bizcocho de un conocido obrador del lugar. Ya desde el comienzo dimos rienda suelta a gustos, trayectorias vitales, sueños, secretos, confidencias inconfesables. Por unos momentos el tiempo se detuvo, burló a las leyes del tiempo. Ambas colegimos que en esa pequeña y conservadora ciudad de provincias eramos las raras. Habríamos seguido charlando sino es porque en un momento dado miré la hora, y como el Conejo Blanco en el país de las Maravillas, me di cuenta de que se me hacía tarde, de que me tenía que marchar. 

«No te puedes ir sin habernos hecho antes las fotos con los sombreros de la risa». Fuimos a su habitación. Bajo la cama que cobijaba infinidad de accesorios, sacó un par de sombreros de ala ancha sobre los que había cosido muñecas barriguitas y con los labios recién pintados, ataviadas con boas, llenas de risas, usando el temporizador del móvil, inmortalizamos un momento que ya nadie nunca nos va a arrebatar. Entre risas me dijo que me quedaba poner unas palabrinas en el cuaderno de firmas ilustres. Prometí volver. 

En los últimos tiempos estoy rodeada de mujeres que navegan en el mismo barco, remando en la dirección del cuidado, la complicidad. Un barco en el que no se juzga ni se pide permiso, sino que se sostiene. Un barco de mujeres fuertes que sienten que pertenecen a la misma estirpe, que son ellas mismas y tal vez por eso resultan exiliadas de muchas otras. Si las ves, las reconocerás.

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