Aunque el argumento de ‘Total’ parecía una boutade, una metáfora surrealista del estilo de las de Buñuel, pronto me di cuenta de que no lo era viendo la explosión nuclear sufrida por la provincia de Soria, cuyos pueblos enteros deshabitados conocí en aquel mismo viaje, del que surgió ‘La lluvia amarilla’, mi novela sobre la despoblación. Una explosión nuclear que se ha extendido por media España en estos 33 años y que amenaza con borrar del mapa provincias enteras como León, cuyo parecido con el Londres de Cuerda cada vez es más evidente. El otro día, en el periódico de la competencia de éste, el periodista Emilio Gancedo comparaba Chernobil con Vegamián, mi pueblo de origen. La comparación no es ni mucho menos exagerada. Es más, cada vez me parece la imagen más adecuada para describir comarcas enteras de León, al borde de la extinción por falta de población o por la desaparición de actividades históricas, como la minería, que han dejado valles enteros reducidos a yacimientos arqueológicos. Incluso la propia capital, León, tiene un aire londinense que le viene más de su decrepitud que del clima, que poco tiene que ver con el de Inglaterra. Por suerte para los leoneses, aún podemos disfrutar del sol a pesar del frío, y del paisaje, que es ya casi lo único que nos queda. Eso y darle la vuelta con ironía a una realidad que cada vez se parece más a la de ‘Total’ y, aún peor, a la de ‘Amanece que no es poco’, donde hasta los guardias civiles leían a Faulkner.
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