julio-cayon-webb.jpg

Los que aman a Dios…

27/09/2026
 Actualizado a 27/09/2026
Guardar

Llegó un nuevo otoño. Y no como aquellos, décadas atrás, en los que a partir de la segunda quincena de septiembre, en los acuchillados atardeceres leoneses de ocres y amarillos, hacía un frío de Dios te ampare, locución esta que, por entonces, se repetía en la mayoría de las bocas al cobijo de una bufanda artesanal de lana. También era la época de la mendicidad de puerta a puerta y escaleras, en la que los llamados pobres –hoy se les dice indigentes– demandaban una ayuda económica vecino por vecino. A veces se encontraban con la generosidad solidaria de los inquilinos en forma de unas monedas con buena fe y esperanza, y otras –la gran mayoría– con el muy repetido –y socorrido para sellar la entrada al necesitado– «que Dios le ampare». Siempre Dios por el medio. Los tiempos han cambiado, aunque no algunas de sus circunstancias. Para muchos Dios continúa siendo el lavadero a tiempo parcial de sus conciencias deslenguadas y oscuras y, a la vez, el asidero al que echar mano para que el congénere de turno vea lo buenos que son. En síntesis, el fariseísmo en estado puro.

Es posible que uno de los que mejor resumió en su día esa falsa puesta en escena entre lo divino y la hipocresía humana fuera un acreditado sastre de la capital leonesa. Se llamaba Juan Torices y tenía su taller y domicilio en el número 11 de la calle de La Rúa, donde su esposa, Josefina, una señora encantadora en el estar, en el hablar y en el vestir, ponía orden y concierto. Torices, por entonces, gustaba de fumar (y saborear) caros y enormes habanos y hacía peña diaria con Alejandro, el mejor relojero de la calle del Teatro, Julio, del quiosco de Santo Domingo, Miguel Ángel ‘Cancani’, un empleado de Antibióticos y algún otro que siempre se acoplaba.

Juan tenía tanto de ingenioso como de sastre. Y lo demostraba –según el escenario en que se moviera–, con frases puntuales y precisas. Como, por ejemplo, cuando tomando los vinos de mediodía del sábado se le acercó un conocido parroquiano alérgico a la Iglesia y le dijo que se iba a confesar «porque mañana se me casa una hija». Torices, con su nariz aguileña, lo miró de arriba abajo y le aclaró: «pues llévate un bocadillo». Y el padre de la novia, extrañadísimo, insistió: «¿Al banquete?». «No, hombre, no –respondió Torices–, al banquete no, al confesonario». La carcajada, por la agudeza del de la aguja, fue general.

Pero la frase que ha pasado a la historia menuda y acaso íntima de cuantos supieron de él fue la que pronunció en presencia de unos conocidos ‘meapilas’ de la zona de San Marcelo (vulgo Plaza de las Palomas) y comunión dominical de misa de doce y media. Todos ellos muy respetados en la ciudad, que respetables es cuestión diferente. «Estos –sentenció mientras los observaba– son los que aman a Dios y joden al prójimo». Tal cual. Juan sabía de antecedentes y otras cosas de esos ‘jichos’ en cuestión.

Y hay que ver, oiga, la cara pía de toda esa tribu de ‘beatos’ civiles cuando se acercan a comulgar y vuelven con la hostia pegada al paladar. Ahí ya están pensando en la salida para poner a parir a todo dios (con minúscula). Como cada domingo. Y nunca fallan.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído