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Alineaciones y calderos

21/06/2026
 Actualizado a 21/06/2026
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No es cuestión de desmentir a entendidos en la materia, que igual tenemos razón todos. Yo sé cómo nacen las estaciones, lo tengo escrito y no voy a cambiar el testimonio. A mi pueblo, la primavera llegaba montada en el carromato de Ciriaco. El otoño lo traían dos bandadas de golondrinas, sujetándolo cada una de ellas por un extremo, como un tendal gris plomizo que extendían sobre el pueblo, justo antes de irse. El invierno lo tejían las mujeres con lana de merina y siseo de rosarios, ante las lumbres. Y el verano. El verano nacía en una alcoba de mi casa, digan lo que digan sobre fechas y cielos. Una mañana bajaba la escalera y aparecía en la cocina con el pelo recogido y un vestido verde de manga corta, cuajado de margaritas blancas. Así nacía el verano, disfrazado de madre. 

Fue después, al faltar ella, cuando finges creer en solsticios, calendarios, recuento de lunas y veranos naciendo con partos programados para un día exacto. No necesitaba tanta información, pero apareció en el móvil ayer por la mañana, cuando me disponía a escribir la columna. «La luna hoy no está para muchos cuentos…». Informaba el artículo de que ayer la luna permanecería sin actos, como si el cielo hiciera una pausa y cancelara la agenda con una pereza infinita. Y todo porque el sol estaba trepando y necesitaba tiempo, que ya rozaba, a bocanadas, el punto más alto del horizonte. Y allí, de puntillas y con esa quietud llamada Solsticio de verano o ‘sol quieto’, se permite la pausa que sigue a los partos porque hoy, 21 de junio a las 10. 24h nace el verano, en el día más largo del año. Mencionar el solsticio de verano es como invocar todas las tradiciones de todas las culturas humanas, desde que el mundo es mundo. En cualquier lugar del planeta alguien esparcirá cenizas de hoguera, habrá guirnaldas protectoras, flores, hierbas, agua y fuego. porque el solsticio va pegado a celebraciones, ofrendas y ruegos para uno mismo y para las cosechas, mezclando lo terrenal, lo cósmico y lo divino. Y empieza la competición de alineaciones sobre estructuras arqueológicas antiguas, monumentos prehistóricos, dólmenes y menhires, con su eje orientado hacia la salida o puesta del sol durante los solsticios, convirtiéndolos en calendarios agrícolas y centros astronómicos. 

Sin restarle importancia a estos monumentos y sus alineaciones, sostengo que, en aquel lugar de mi infancia, donde las estaciones llegaban con menos aspavientos, existía todo eso, aunque fuera sin guirnaldas, ofrendas ni rezos. Como mucho, una cesta de huevos a la Santina en víspera de boda, que retuviera el agua. Hablar de días más cortos y largos es algo así como si la diosa Virginia pusiera la hebra más corta o más larga al hilvanar el tiempo. Había tantos observatorios astronómicos como ancianos, que alineaban sus ojos con el fondo del cielo, entrecerrándolos hasta ser dos grietas que predecían cualquier cosa llegada de arriba. Y nos mostraban la osa mayor y el carro de estrellas que los niños fingíamos ver, aunque no viéramos más carro que los que castigaban caminos, cargados de hierba. Los puntos cardinales los marcaban la Cruz frente al pueblo, en lo alto del monte, o las Peñas de los Molinos. Monumentos marcando nortes y sures con precisión de brújula. También el sol entraba jugando entre picos, formaba alineaciones y dando pistas de algo que solo los paisanos entendían, como lo hicieron otras civilizaciones. Ahora sospechamos que aquellos sabios tan sabios también recibían noticias de un sol cómplice, con un rayo colándose por la espadaña de la Iglesia, enhebrándose en el hueco de piedra, con más tino que el hilo en la aguja de la abuela. Una alineación sin nada que envidiar al Stonehenge, ese anillo de piedras que, en el solsticio de verano, el sol sale proyectando un rayo de luz que atraviesa el corazón del círculo, como en el campanario de mi pueblo.

Y como en culturas antiguas, con traslado de animales y alojamientos nómadas, nuestras vacas cambiaban de pastos, las ovejas veraneaban en las majadas, las madres trasladaban el costurero a la puerta de casa en las horas sesteras o al caer la tarde. Los abuelos trasladaban el dormitar de la cocina a la sombra de detrás de la Iglesia. Se abrían ventanas y se sacudía el invierno de las casas. Las mantas se ventilaban en el huerto antes de regresar con una piedra de alcanfor, al armario, de no ser lavadas. Era época de encalar cocinas para la fiestona, afilar hoces y guadañas, retejar cuadras y cambiar botas por alpargatas. Época de botijos y calderos, en un ir y venir continuo a la fuente y al río. Botijos para la sed de las casas y calderos para regar las lechugas del huerto. Calderos con ropa mojada, del rio a los tendales. Calderos con leche recién ordeñada de la cuadra a la casa. Calderos de hojalata, siempre los mismos, sin asomo de cansancio. Así nacían los veranos que no paría el cielo. Nacían cuando una madre se ponía un vestido de manga corta y se iba con un caldero en la mano y un niño en la otra.

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