Hará diez días Jesús, el panadero, me mandó un mensaje por el móvil en el que se detallaba cómo saber cuántos años iba a sobrevivir tu pueblo. Reconozco que no le hice ni puñetero caso, pero al salir en los medios, a los pocos días, la misma cantinela, me entró una quemazón en el magín y, como un incauto, volví al enlace de Jesús y miré cuanta vida le quedaba a Vegas; excuso deciros el resultado, porque me parece una chorrada, un brindis al sol con el que distraer al personal de las cosas que de verdad importan; y pienso que es una bobada porque puede venir otra pandemia, o una guerra nuclear con misiles y drones y a la gente no le quede más remedio que abandonar las ciudades para buscar refugio en los pueblos de los que habían renegado. El domingo pasado, David, en su artículo semanal, incidió sobre el tema, pensando, cree uno, lo mismo que piensa un servidor. Además, todo en la vida tiene un comienzo, la raíz de dónde nace el árbol o el problema.
En la época del General, en Vegas vivían por obligación el médico, el veterinario, el maestro, el cura, los picoletos y toda la suerte de funcionarios públicos que trabajaban en el pueblo. Con la llegada de la democracia, concretamente, con la llegada del Psoe al poder, año 1982 o por ahí, esta práctica desapareció y todos estos servidores públicos abandonaron el pueblo como si hubiera en él una peste negra o algo peor. No voy a entrar a discutir si la medida fue buena o mala; lo que sí sé es que, hoy, si te pones malo un fin de semana cualquiera, tienes que ir a León por obligación..., o tirar de Gisela, una médico jubilada que nunca te niega un primer diagnóstico y una palabra reconfortante. Lo de los maestros y las escuelas es harina de otro costal...; que, en La Vecilla, antiguo partido judicial, se haya cerrado la escuela es, como poco, descorazonador. A La Vecilla iban, además de los niños del pueblo, los del ayuntamiento de Valdepiélago, que ahora tienen que coger un autobús para ir a Boñar..., media hora de viaje, como poco. Un año en el que el invierno venga un poco chungo, con nevadas de las de antes y eso, conducir por esas carreteras es un acto de fe, un riesgo imprevisible, un accidente que te espera en la primera curva del camino; un autobús lleno de enanos de siete u ocho años, expuestos a todos los avatares de la naturaleza, es como para echarse a temblar. Pero es lo hay, lo queramos ver o no.
De estas cuestiones existenciales, nadie hablará en la campaña electoral en la que estamos inmersos, porque son incómodas para todos los partidos políticos y porque, al final, León provincia es un erial, lleno de viejos, de esperanzas muertas, cuatro votos mal contados. Hablando de Vegas: el pueblo está dividido en dos barrios, el de arriba y el de abajo. El punto que lo divide es el caño de la plaza. A la izquierda, los de arriba; a la derecha, los de abajo. Uno vive en el de abajo, pero mis vecinos, Miguel Ángel y María Jesús (nos separa una pared), son del de arriba, un sin dios. Pues resulta que cada barrio tiene una Virgen, metida en una hornacina, que va, casa por casa, a corrida. En el de arriba, que por lo que se nota es más civilizado, el tiempo de espera hasta que te vuelva a tocar, es razonable: mes y medio o dos meses. En el de abajo, que por lo visto está lleno de meapilas, ese mismo tiempo, sobre todo desde mayo hasta noviembre, puede llegar a tres meses o cuatro, con el correspondiente mosqueo del personal. En los años sesenta y setenta del pasado siglo, cuándo vivían el pueblo seiscientas personas, el tiempo que podía estar la Virgen en cada casa estaba reglado: tres días y la cosa funcionaba como un reloj suizo, con lo que se demuestra, como tantas otras veces, que eso de que «a menos bulto, más claridad», es una bobada. Y, de verdad, el rebote que tiene la gente a cuenta de tres o cuatro beatas perdidas en la inmensidad del tiempo es monumental. ¡Claro!, como el cura ya no vive aquí, sino que viene como de visita a decir misa, no hay quién ponga orden a este desbarajuste apocalíptico. ¡Lo que nos quedará por ver!
Salud y anarquía.
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