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Algo quedará para el recuerdo

20/09/2018
 Actualizado a 11/09/2019
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Mi venganza es el recuerdo. Por las conversaciones perdidas y las sonrisas infantiles sin dueño. Por robarnos lo único importante para compartir, por desfigurarnos los últimos años juntos. Abuelo, yo recuerdo. Aquellos primeros días, para mí hace tanto tiempo y para ti cuando se empezó a emborronar la vida creyendo que la edad eran despistes. Sin saber aún que habíamos sido condenados al olvido. Tú, tú desde luego, pero también todos los que siempre te quisimos que desde entonces nos apellidamos Alzheimer hasta aquella otra funesta madrugada de septiembre en que tanto te lloramos. Esa noche que se te olvidó respirar y tan solo por eso te recogió la muerte.

Abuelo, te recuerdo. De antes, quiero decir, cuando aun eras tú y no el niño que se calzaba tus gafas y vestía tus arrugas. De antes de las malditas hambrientas termitas que devoraron todo lo que fuiste y lo que habías aprendido, antes de la espesa niebla que cubrió el pasado y después desbarató el presente para que no se atisbara ningún futuro. Antes de que tu alargado ciprés se fuera quedando sin sombra. Cuando descubría el mundo de tu mano que agarraba la mía todavía tierna como fuertes ramas de roble cubiertas de nudos de sabiduría. Los periódicos siempre sonaban a tu voz leyendo en la galería desde el titular a la firma de cada uno de los artículos para terminar en una tertulia de monólogos cruzados para arreglar el mundo. En la mesa siempre había decenas de libretas llenas de anotaciones, como si adivinaras que llegaría el momento de consultar el manual de tus usos y costumbres. Agendas repletas de teléfonos que se fueron embarullando, convertidas en laberintos de nombres repetidos y apuntes alocados que perdían el sentido. Mucho antes, aquella guerra. En la que caíste en un bando y además de desgarrarte el alma y estrechar el estómago repudiaste para siempre los dulces después de desvalijar una pastelería tras días en el frente sin probar bocado. Si escucharas lo que se dice ahora de aquella guerra. Ojalá me hubieras contado con calma muchas más desventuras y ahora yo sería tu memoria. Pero empecé a escribir historias cuando tu ya no podías contármelas, cuando tu batalla era otra y de esa solo podíamos salir derrotados.

Abuelo, no te callaron. Que sigo escuchando aquellos consejos, con la misma mirada ansiosa de saber cómo había que afrontar eso de crecer, eso de hacerse un hombre de provecho. Te reconozco en algunos de mis gestos, en los refranes que repetías y cuando suena Juanito Valderrama. Hablo con aquellas palabras tuyas y a veces me descubro defendiéndolas con el ímpetu que te dio una infancia dura en una España difícil y pobre a los pies de Gredos, donde había que pelearse por mojar la cuchara contra una jauría de hermanos hambrientos.

Sé que no nos olvidaste. Todo lo demás sí, pero a nosotros no. Fue tu último acto de rebeldía contra la condena más injusta y más cruel, la de ir perdiendo gota a gota y sin remedio lo guardado durante una existencia. Mañana es el Día Mundial del Alzheimer y hay tres millones y medio de personas en nuestro país sufriendo lo que vivimos, sintiendo derrumbarse desde dentro, intentando salvar recuerdos en mitad de un naufragio en plena tempestad y mar adentro. Abuelo, puede que te debiera esta carta desde hace 13 años, pero hace ya tanto que no nos importa el tiempo.
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