28/06/2026
 Actualizado a 28/06/2026
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Este año cùmplense ciento diez de la venida al mundo de Vergílio Ferreira (1916 -1996), un extraordinario y prolífico escritor portugués dedicado a la novela (15 títulos), al ensayo (8), libro de cuentos (3) y tres diarios (’Conta corrente’, I, II y III), que -pese a estar varias veces nominado no obtuvo la fortuna de obtener el Nóbel de Literatura, como lo obtuvo su compatriota José Saramago, el único escritor portugués en lograrlo. Entre ambos- a los que conocí personalmente y sobre Vergílio defendí mi tesis doctoral («Espacio simbólico y metafísico en la obra de Vergílio Ferreira») en la Universidad de Salamanca y traduje al español la novela ‘Aparição’ con introducción y notas-, dicho sea de paso, no había abrazos sino más bien verbales picotazos. Los inicios novelísticos de Vergílio Ferreira se sitúan en la corriente neorrealista, pero derivando pronto hacia el existencialismo, siendo en Portugal uno de sus primeros y principales impulsores. Pasado ese inicial y efímero transcurso neorrealista, la corriente existencial subsiguiente y elemento predominante en la obra de Vergílio Ferreira se caracterizó en su obsesión por la muerte. Ello bajo un principal desiderátum: «Un hombre solo será perfecto cuando la muerte ya no pueda sorprenderlo». Para él, confesado agnóstico, todo consistía en adecuar la vida, que es un pleno ser, con la muerte, que es un no ser, nada. No tendremos plena conciencia de la vida si no le incorporamos su negación. Esa ‘Alegría breve’ (título de novela de1965 traducida al español  por Seix Barral en 1973) no será verdadera ni auténtica si apartamos de ella la muerte como si fuese una apestada. Sorprendentemente siendo lo más auténtico y definitivo de nuestra vida, la muerte no figura en los programas electorales de los políticos, «esos seres desinteresados solo entregados en hacernos la vida más feliz». Transeúnte del neorrealismo al existencialismo, Vergílio Ferreira, profesor de Literatura Clásica en enseñanza media, mantenía una estrecha relación literaria con la muerte, en la que estaba instruido desde el famoso racionalismo de Epicuro (la muerte no está presente mientras existimos y, cuando llega, nosotros ya no somos, luego es algo que no debe preocuparnos), hasta el postulado de Heidegger «el hombre es un ser para la muerte». La muerte aparece en las obras de Vergílio con todos sus registros y matices, en los animales y en las personas, voluntaria e involuntaria, infantil o provecta, heroica o vil, individual o colectiva, accidental o ejecutada. Muéstrase también implícita y explícita en los títulos, desde su segundo libro publicado ‘Onde tudo foi morrendo’ (1944) hasta los títulos más recientes, menos literales, aunque más sugerentes, como: ‘Cántico final’ (1960), ‘Rápida, a sombra’ (1075), ‘Para sempre’ (1983) (obra preferida, donde el personaje principal contempla su propio funeral), novela esta última, sobrecogedora, en la que la terrible descomposición y miseria de los cuerpos en un asilo de ancianos se sobrelleva hasta con deleite a través de la fuerza y maravilla de su lenguaje. A este respecto, no extraña, hace ya bastantes años, a propósito de otra novela vergiliana, ‘Nítido nulo’ (1972) que, deslumbrado por su prosa, el catedrático español Fernando Lázaro Carreter la consideraba pronto pasto de tesis y tesinas, triste y gloriosa servidumbre de los grandes creadores idiomáticos. La muerte se comportó amable y generosa con su gran amigo Vergílio Ferreira. Le dispensó de dolores, de operaciones, de tratos con Alzheimer…, y le otorgó la máxima encomienda al mérito mortal: morir pluma en mano, como el general al lado del cañón, el actor en la escana o el atleta persiguiendo alguna marca. La muerte le permitió cumplir los ochenta, mientras escribía a su manera singular, sobre tablilla móvil y sentado en su sillón orejero con letra «miudinha como um chuvisco de Compostela».

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