Pocas veces, como ayer, me he alegrado tanto de equivocarme en un vaticinio. Soy de los que creían que el marco de la selección lo guarda el portero menos completo de los tres que forman la convocatoria, que el lateral derecho es un chaval que se coló de refilón en la historia del Real Valladolid, que al central más joven le faltaba por comerse unos cuantos yogures de experiencia, que el veterano estaba casi hibernando en un estado de prejubilación, después de regresar a casa con el bolso rebosante de petrodólares, que el lateral zurdo estaría más pendiente de caerle bien a su nuevo entrenador que de correr la banda. También pensaba que Rodri, Fabián, Lamine, Nico, Víctor, Merino y hasta Pino, que se sumó a la lista, estaban más para baño y masaje de recuperación que para jugar al máximo nivel. Nos quedaban Oyarzábal, Olmo, Zubimendi, Ferrán y Pedri, que encima ha llegado con la gasolina justa al tramo decisivo de la competición, y no me parecía munición suficiente para vencer siquiera escaramuzas sobre el tapiz verde.
Pero se me olvidaba que el mariscal de campo español aparenta ser un sargento chusquero, que desde la humildad y el silencio de un eremita sabio nos ha tapado la boca a todos los escépticos y pesimistas. Unai parece un aparato de precisión, Porro un potro indomable, Cubarsí un proyecto de Bequenbauer imberbe, Laporte un roble a prueba de aizkolaris, Rodri el director de orquesta renacido que decide a qué se juega y el ritmo que hay que marcar. Y a esa fiesta se suman un Cucurella que parece Sansón, un Fabián y un Merino que han resurgido sólidos de sus cenizas, y un Olmo sublime con el don escurridizo de moverse entre líneas. Y Oyarzábal, claro, que prefiere su cuadrilla de Eibar al glamur de las estrellas, y un Baena que hace preguntarse a todo el mundo por qué juega tan poco en su club y se sale en el de todos. España es la muestra evidente del triunfo del compromiso y de la solidaridad colectiva de jugar en equipo, de que no importa que Lamine quiera pero no pueda tanto como nos tiene acostumbrados, que Pedri no destile más que unas gotas de su talento o que Nico no hipnotice y desborde a sus rivales con el ondear de sus trenzas.
Hay quien se empeña en comparar a esta selección con la que se tatuó su primera estrella en Sudáfrica. Eso es como comparar a Belmonte con Morante, a Nadal con Alcaraz o a los universitarios de hace décadas con los licenciados de ahora. Cada tiempo da su peculiar cosecha, y nos toca disfrutar de este grupo de chavales que no hace mucho ruido mediático, pero que minimiza tanto a sus rivales que los convierte en alevines incapaces.
He dicho públicamente que solo a Kane, de las grandes figuras actuales, el Olimpo le debe una gran corona. Espero equivocarme, yo que, más que un gran comunicador, soy un mero arrimador de emociones y palabras que se conmueve infinitamente más con los detalles humanos que con los divinos. Y por eso me imagino a Oyarzábal con su cuadrilla, de poteo en su pueblo, celebrando con ellos que marcó el gol que le daba a España su segundo mundial.
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