Dijo el alcalde: diáspora. Diáspora de periodistas leoneses. Estábamos en una comida, los periodistas leoneses –veinte– y el alcalde de León –José Antonio Diez Díaz–. Una comida en Madrid, en la diáspora leonesa, con periodistas de todo el espectro mediático y de todas las esquinas, Sahagún, la montaña, las vegas del Órbigo, las cuencas mineras, el Bierzo.
Al día siguiente me fui de la diáspora metafórica a la diáspora textual. Me fui de Madrid a las comarcas de La Bañeza, pasé de sujeto de diáspora –semilla que se dispersa– a dispersar semillas. En la Valdería me dediqué –nos dedicamos– con Tierras Quemadas, la asociación que fundamos en septiembre, a esparcir semillas. Que no eran semillas, que eran plantones de roble, encina y castaño, semillas crecidas, al fin y al cabo. Cuarenta voluntarios y voluntarias nos juntamos para reforestar, una gota de agua en el mar de 31.000 has. que se quemaron este verano al suroeste de León. Cava y cava, ubica el platón y el tutor, cubre las raíces, coloca un protector y haz un círculo de cantos para retener el agua. Reforesta, que algo queda.
Dijo el alcalde: León tiene potencial, León esto, León lo otro, León solo. Los periodistas escuchaban y preguntaban. Pero ¿por qué esto, por qué solo? Por qué la pérdida de población, por qué la desindustrialización, qué podemos hacer. Y al día siguiente, mientras yo cavaba, pensaba: León-la tierra. El gran valor, nuestro gran valor, es la tierra. La tierra, cada vez más escasa, la tierra, cada vez valiosa. Cuando era rapaza, las tierras dejaron de valer, todo el mundo emigraba a la ciudad. ¿Para qué querías las tierras? Por las tierras te dan cuatro pesetas. Solo traen problemas, hay que deshacerse de ellas. Ahora las tierras valen cada vez más. Las tierras, nuestras tierras. Y mientras cavaba esa tierra, veía a otros cavar, a una familia de Santa María del Páramo, a gentes de Maragatería, de Valencia de Don Juan, de la Valdería, de la Ribera, del zamorano valle de Vidriales, juntos, hombro con hombro. Y a unos pocos kilómetros, un autobús llegado desde Madrid y otro desde la ciudad de León con más de setenta voluntarios y voluntarias de la empresa Indra –organizados por la fundación FDI– dispuestos a trabajar. Alguien dijo, esto tuvo que ser un paraíso. Yo miré las peñas arrasadas, donde antes crecían pinos y encinas y saltaban los corzos y se me encogió el corazón. Por eso estábamos todos ahí, en facendera por la tierra. Es la dispersión al revés. Volvemos y traemos a otros con nosotros. Hacemos una xuntanza. Una xuntanza por la tierra. Al final del día, logramos plantar mil árboles y sonreímos. Porque cada árbol que plantamos es una forma de gritar que no nos rendimos.
Señor alcalde, si usted consigue hacer una xuntanza global por la tierra de León, yo lo votaría, incluso desde la diáspora.