La grandiosidad, cuando eras niño en El Bierzo, se dibujaba en forma de chimeneas. Eran las de Compostilla, que gobernaban el paisaje desde Ponferrada hasta Cubillos, las que marcaban ese vuelo por encima de los cielos que parecía imposible cuando te acercabas a ellas. Endesa las había integrado en el paisaje, acercando a los colegios para que vieran cómo se generaba energía desde ellas. Te ponían un casco para pasear por una estructura que, desde dentro, se agigantaba aún más y parecía que todo aquello era el discurso del nido de la modernidad industrial. Al lado, para desatascar ese nudo panorámico del carbón y el humo, Endesa había integrado una especie de zoo, en el que acababan las visitas: algún corzo, un jabalí… que se sacaban la foto con los 200 metros verticales de unas chimeneas que se pintaban con una bandera rojiblanca para no engañar a las nubes, que a veces quedaban debajo de ellas. Éramos niños y las chimeneas no. Y Endesa sabía que aquella venta educativa generaba amistad con una sociedad que nunca le puso peros. Sí lo hizo la necesidad de avanzar en eliminar contaminantes.
La aceleración del cambio climático, que vivir siete borrascas encadenadas no deja lugar ni para discutir, obliga a cambiar. Ha costado, porque éramos la cuna de esas chimeneas que hacían cosquillas a San Pedro. Convertirlas en polvo, en segundos, deja cierta desazón. Ver una de ellas aferrada a la tierra, conquista la metáfora. Allí hubo obreros a los que les salió el diente laboral en medio de sus cabinas y los que murieron apodados «jubilados de la térmica». Ahora Cubillos se queda sin el baremo que lo arrimaba al cielo y no sé si se siente más cerca o más lejos de él. La panorámica cambia y el pantano de Bárcena pierde el GPS. Por contra, conseguimos abrir los ojos a lo nuevo, algo que hemos intentado esquivar hasta con lágrimas. Es curioso lo difícil que es romper cadenas, aunque nos pusieran una boina amarilla que nos bajaba hasta los ojos y explicaba por qué mis abuelos no pudieron sembrar pimientos en la huerta de San Román de Bembibre desde que abrieron la central. Las hojas se ennegrecían, los pulmones no se sabe, pero...lo que hemos peleado por mantener ese último aliento de las culpables... El reloj está marcando otros tiempos, en los que hablamos en verde y para los que la nostalgia no se mide en datos de emisiones. Llegan caricias desde un recuerdo que no resultó incómodo y que abrazamos más los bercianos que una firma que hace tiempo dejó de llamar a sus obreros por el nombre. Ahora se va casi tocando un San Valentín, en el que vende un amor que se quedó en ese polvo en el que se ha convertido el hormigón y el amianto de las poderosas estructuras. No hay más que pretender un futuro en el que El Bierzo no tenga que ser un rincón de sacrificio. Llega el momento de ser protagonistas de la pelea por lo que somos: tierra fértil. ¿De verdad que no nos llega?