Ábalos y García Ortiz son dos caras de una misma moralidad, atada al escapismo como forma de ejercer la política. El fiscal general condenado abre la ruta, partiendo de su principio fundacional de controlador de relatos, para continuar abonando el terreno y que Limpiezas Cándido haga su labor. En su paso, con aplomo, suficiencia y el mentón bien luciente, verbaliza su partidismo, se coloca en la trinchera y se presta a una hagiografía que situaba a los que le juzgaron con hilos rojos como si fuera la búsqueda del Unabomber. García Ortiz es lo que parecía, es lo que actúa, es un personaje más que vende con pancarta el dogma y se funde en los principios interpretativos del sanchismo de sangre; lo clandestino es legítimo si se vende con el arte del cinismo alambicado.
Ábalos es más ese defenestrado por pillado, pero que lleva dentro la teatralidad de la corriente; fue su fundador y fontanero de partido, susurrador y diseñador de campañas, higienista de imagen y olfateador de votantes. Consciente de que a las pruebas no se las rebate, nos evade en circunloquios, frases virales y un personaje de barra de bar roto por los palos de la vida y los cigarros. Ahora añade a su papel el hombre enamorado (sin carta), un romántico latino que dio todo, hasta nuestro dinero, por el amor que nunca podría ser. Es la naturalidad de la mentira, de la media verdad, de cuanto más evidencie la sorpresa, mejor es la interpretación.
La España sanchista está a medio camino entre la representación y el muro, transitando en paralelo de la veleidad autocrática. El discurso y la palabra del propio es suficiente para dejar en segundo plano todo elemento demostrable. El presidente ‘inventada’ sigue en su puesto a pesar de, como mínimo, ser el tontín que no se enteraba de media. El hombre agostado le dijo a Alsina no conocer a Aldama y fíjense lo que fue. No hay pruebas porque borré mi móvil, por lo que condenado sin pruebas. Se dijo y prometió lo que finalmente no fue, pero observen los pelos de mi pecho progresista. Cuando todo es manifiesto, sólo queda el lucimiento, el orgullo, la actuación.