Trump se las arregla para estar en todos los titulares, porque básicamente es de lo que vive. Los matones necesitan ser vistos. De lo contrario, sus acciones no les producirían suficiente satisfacción. Por otro lado, viven también de sembrar el pánico, de infundir terror en los demás, y eso, claro, necesita una buena dosis de propaganda. Trump aprendió esto a lo largo de su vida como magnate, donde las negociaciones son, a buen seguro, a cara de perro, entre gente rica que se puede oler bien, incluso de lejos. Después vino la televisión, donde tuvo a su cargo el programa de telerrealidad ‘El Aprendiz’, del que ya hemos hablado tantas veces y que mencionaba también ayer Rosa Montero en su columna de ‘El País Semanal’. En ese ‘reality’ Trump ya apuntaba maneras: anunciaba a las claras el tipo de personaje en el que cimentaba su éxito. Y, aun así, ha llegado a ser presidente de los Estados Unidos. No me gusta decir aquello de “hay que votar bien”, evidentemente. En fin. Cada uno que vote lo que quiera. Pero que luego no se queje de las consecuencias. A la vista están. Y son globales.
Insisto en lo de la globalidad porque a menudo pensamos que el trumpismo no nos atañe, que no va con nosotros. En nuestro afán por la mirada doméstica y cercana (a veces demasiado doméstica, la verdad) tendemos a pensar que nuestro mundo no tiene relación alguna con este gran terremoto que estamos sufriendo en las relaciones internacionales, pero la realidad es que hoy todo está relacionado con todo. Y la historia siempre nos concierne. Convenzámonos: lo que hace Trump influye en nosotros. Y más va a influir en el futuro próximo. El grado de distorsión que su caótica política está provocando en el planeta llegará terminará provocando distorsiones en nuestras pequeñas vidas. De hecho, eso ya está ocurriendo.
Este nuevo y horripilante mundo, basado en la fuerza y el matonismo, como estúpidamente defendió Stephen Miller, uno de los asesores que susurran a Trump lo que hay que hacer, no sólo se mueve en las altas torres del poder, sino que llega hasta la vida de la gente corriente. Ojalá los daños se limitaran a las vidas de los poderosos. Votar a Trump, cuyas maneras eran ya bien conocidas de su primer mandato (ahora está desatado de verdad, pero nunca engañó sobre sus propósitos, eso hay que reconocerlo) es sin duda una gran irresponsabilidad, una torpeza, como lo es votar a cualquiera que defienda sus locuras políticas, en cualquier país de mundo.
O bien tendremos que admitir que no hay suficiente pensamiento crítico entre la gente, o que no alcanza suficiente información veraz a buena parte de la población. Cuesta creerlo, porque hoy en día el que no se informa de manera segura es porque no quiere. Trump no sólo está cambiando las relaciones internacionales, destrozando la diplomacia con bravuconadas, acabando con la confianza, creando situaciones de tensión allá donde puede, sino que lo está haciendo además en su propio país, donde crece el caos. No hay un ápice de patriotismo ahí, aunque lo afirme una y otra vez, sino un profundo antipatriotismo. Lo que sucede ahora con la distopía provocada por las fuerzas de ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) está a la vista de todos, si uno lo quiere ver. Lo que sucede en Minneapolis está en los informativos. Hay que ver, hay que escuchar. Viajamos a gran velocidad hacia un terrible escenario neofascista. Y ello a pesar de los contrapesos democráticos que tiene una sociedad como la estadounidense: Trump está imponiendo la militarización de ciudades y llevando a cabo un acoso brutal sobre los migrantes, y sobre la población más indefensa. Esto es sencillamente intolerable y no lo podemos permitir.
Después del episodio de Venezuela, donde Trump recuperó el espíritu Monroe (él lo llama DonRoe), después de ese mal explicado episodio con el que retomó el viejo asunto de ordenar a su gusto el patio trasero, y todo ello sin comprometer ninguna solución política, aunque mostrando gran interés por el petróleo venezolano, Trump ha virado bruscamente hacia el hielo de Groenlandia. Ya es el abominable hombre de las nieves. Asistimos durante todas estas horas a momentos patéticos y humillantes, como el instante en el que Corina Machado le entregaba en mano la medalla del Nobel de la Paz, y leímos su propio mensaje kafkiano al gobierno de Noruega, al que reconvenía, una vez más con tono de suficiencia, por no haber hecho nada para que fuera él quien recibiera el galardón. Parecen noticias de broma, es cierto. No puedes creer que todo esto esté sucediendo.
Trump ha regresado con su apetito inagotable, ahora a la búsqueda de Groenlandia (que confunde un poco con Islandia, me parece). Se quejó en Davos, esa reunión surrealista de los ricos que, al parecer, ya no se celebrará más allí, de que sólo pedía un territorio que es, según sus palabras un tanto despectivas, “un trozo de hielo, muy mal ubicado”. Como si se tratara de comprar en un apartamento en Torrevieja, queridos. ¡Mal ubicado! Ni mucho menos: por eso su interés. Su interés ante el deshielo, ante las nuevas rutas marítimas que se abren. Y ante los minerales, claro.
Lo de su utilización estratégica se explica regular. Aunque parece que la presencia militar china en colaboración con Rusia ha podido aumentar en el Ártico desde 2022, si bien Rusia ya es el actor principal en la zona, según el Instituto Elcano, por la extensión de sus fronteras, hay que considerar que Estados Unidos mantiene base militar en Groenlandia y existen acuerdos con Dinamarca de diferente índole desde hace mucho tiempo. Sólo un intento de debilitar a Europa (y la OTAN) puede explicar que Trump desentierre el viejo deseo estadounidense de tener Groenlandia como su propiedad. Porque es cierto que no es algo nuevo. Europa es un obstáculo para Trump. Y creo que Europa ha empezado a pararle los pies.
Trump llegó a Davos (lo contaba también aquí en su artículo de ayer David Rubio) con ínfulas de matón, como es habitual. Llegó a Davos faltando a sus anfitriones, algo que Vance, uno de sus hombres de cabecera junto a Rubio, ya había hecho, provocadoramente, otras veces. Pero esta vez hay algo diferente. Tal vez sea el hartazgo que provocan las acciones de este diseminador del caos, que obra en contra de la democracia y siembra el desorden en su propio país. No olvidemos que tenemos que protegernos de que algo así pueda suceder en cualquier lugar de Europa. El apaciguamiento que raya en la humillación no sirve. Esta gente trata peor a los que se humillan. Ha venido Mark Carney, primer ministro de Canada, a poner los puntos sobre las ies. Así que pensemos de una vez por todas que nada de esto nos es ajeno.