Me preocupa un poco que, cada vez con más frecuencia, mi señora esposa me susurre que me estoy volviendo un cascarrabias, negacionista de la tecnología y otra serie de cosas, todas en la misma dirección. Y aunque no le quito la razón, no todo es por la manida crisis de los cincuenta, sino que principalmente es el día a día lo que hace que esta condición vaya a más. Dos pequeños ejemplos del mismo día en mi querida ciudad de León:
Primer acto: finalmente semiconvencido por mi entorno de la necesidad de la maldita «air frier», por la mañana me acerco a una conocida cadena de electrodomésticos donde al intentar solventar una duda, la dependienta me invita a coger un número para ser atendido cuando me toque, le indico que es una pregunta rápida y seguramente tonta pero me insiste en que espere, y allí, con el nº 91 en la mano y el 86 en la pantalla, pasan 15 minutos sin que se mueva una hoja, con lo que decido tirar el numerín a la papelera y me voy donde aún no se les haya ocurrido esta maquiavélica política de de atención al cliente.
Segundo acto: esa misma tarde quedo a las 8 con mis hermanos para tapear y así evitar preocuparnos de la cena, algo muy típico y que dudo que alguien esté más entrenado que los leoneses. Al llegar al bar, cerca de Lancia, compruebo que el garito está cerrado pero en la acera hay una fila de unas 20 personas entre ellas mis hermanos. Al preguntar qué hacen allí quietos me responden con tranquilidad que esperan a que abra el bar para entrar, y no entienden mi estupefacción, –«ya verás qué tapas», me avanza mi hermana–. Durante la espera les narro la aventurilla de tener que pedir número para preguntar y tampoco les parece nada del otro mundo... Finalmente abren el bar, todos corremos a pillar una mesa, y efectivamente la espera merece la pena, pero vengo de una memoria de bares abiertos casi siempre y de dependientes que te dan los buenos días mientras te indican que enseguida te atienden.
Y yo pienso que la vida va cambiando... y nosotros vamos tragando... Cuando dejé mi anterior trabajo después de 21 años, la razón (no la única pero sí sincera) esgrimida a mi incrédulo jefe fue que la empresa había cambiado a un ritmo endiablado que yo era incapaz de seguir. Lástima que ahora no me pueda cambiar de vida y de esta manera diabólica de entender el mundo, con lo que... ¡hay un nuevo cascarrabias en la ciudad! que ya sólo dejará de quejarse cuando se vaya de ruta por las montañas de Cofiñal o se meta una paliza con la bicicleta siguiendo la estela del tren de Matallana.