Acompaño a cuatro personas a visitar la iglesia mozárabe de San Miguel de Escalada.
Pago diez euros por cinco entradas. La pregunta inmediata fue, ¿de dónde vienen?
Nos dirigimos hacia la iglesia. Nos paramos para contemplar la arcada y la columnata. Nadie viene con nosotros. Entramos en la iglesia. Cuatro personas deambulan a la deriva. Salimos y entramos en la sala donde hay un vídeo que, otrora, explicaba lo que allí se visita. En esta ocasión no funcionaba. Esperamos un rato y nadie se acerca a explicar algo, ni el vídeo toma consciencia.
Me dirijo al puesto de guardia interesándome por su funcionamiento y la respuesta fue, «sí funciona pero no se puede poner porque hay un vídeo de una asociación a la venta». Por favor, eh, por favor. Si nadie lo explica ni lo comenta, al menos deja que el vídeo lo haga. Y, la Junta de Castilla y León sabiéndolo, ¿lo consiente y lo autoriza? Bien cerca están las monjas de Gradefes, que, con todo su entusiasmo te muestran las dependencias y al final te despiden en su tienda donde compras sus productos. ¿No es ésta una buena lección?
Me sentí avergonzado por todos los visitantes. Detrás nuestro llegaron unos holandeses y unos ingleses y más españoles y para todos la consabida pregunta, ¿de dónde vienen?
Esta pregunta podría estar escrita en la puerta y cada uno que llega pone su respuesta y trabajo hecho.
¿Por qué y para qué pagué yo diez euros? Te vas de allí con la sensación de haber sido timado y con cara de primo avergonzado por el ridículo.
¡Cómo para comprar el vídeo! Por cierto, ¿cuánto cuesta?
Lo más leído