Se trata de un nuevo caso de violencia de género, en el que encuentro tantos adjetivos para denominarlo que, si pudiera plasmarlos todos, seguramente no me publicarían el artículo, así que en un intento de moderación me gustaría expresar sentimientos que se me agolpan ante este triste caso.
Una vez más, empiezo a comprobar como el abogado de la defensa de Bernardo Montoya, el letrado Miguel Rivera, en esta nueva comparecencia pretenderá que «se ratifique íntegramente» de la última versión dada el pasado 4 de abril cuando también declaró por videoconferencia para cambiar su versión anterior de los hechos –donde se autoinculpaba de la muerte de la joven profesora– y acusar, de este modo, a la exnovia.
Lo que me choca siempre de estas estrategias es comprobar, lejos de intentar obtener ‘la verdad’ de lo sucedido, la manipulación con la que pretenden convencer que las segundas versiones son las sinceras en pro de invalidar las primeras. Si mal no recuerdo, en su primera versión y a voz en grito, este individuo fue claro y conciso, asumiendo toda la responsabilidad y gritando además que no le permitieran salir nunca más de prisión, puesto que se repetiría la misma escena.
Lo que no acabo de digerir, en este tipo de casos tan claros de violencia de género e índoles muy duras que todos conocemos, es que ‘estos agresores’, dispongan de abogados defensores. Desde mi humilde opinión, por muy profesionales y ecuánimes que sean estos letrados, debe resultarles desconcertante encontrarse en tesituras de este tipo donde lo indefendible deben convertirlo en inocencia con derecho a que parezca un accidente.
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