Julio Llamazares, embajador de emociones

Javier Fernández Trapote
11/10/2026
 Actualizado a 11/10/2026

Celebrando en el Taxman con los amigos del barrio el último reconocimiento, de académico nombre esta vez, a nuestro paisano Julio Llamazares, y siendo en esta ocasión por su humilde manera de contar, algo para él tan íntimo, como las aventuras y desventuras a comienzos de la guerra civil de Don Nemesio (del que algunos fuimos alumnos suyos), brindamos como si tuviéramos algún merito en el galardón, y acabamos debatiendo sobre la capacidad de nuestro escritor de cabecera para exportar aspectos y detalles muy concretos de nuestra ruralidad, y de los que nunca hubiésemos pensado que interesasen, y mucho menos emocionasen, a personas ajenas a León y geográficamente muy lejanas. 

Lo cierto es que así lo lleva haciendo toda la vida, cuando consiguió que, siendo adolescentes (impensable hoy) nos metiésemos en la piel de los últimos maquis, viviendo como animales, huyendo de todo y de todos en el tren de la Robla, o sentir una enorme desazón con el frío y la soledad de la Lluvia Amarilla, o siguiendo al viajero que, a pie, remonta el Curueño y nos cuenta la vida de aquellos pequeños pueblos y logra que ese viajero seamos nosotros, veamos lo que él ve, vivamos lo que él vive y nos parezca una gran aventura. Y se nos antoja difícil entender, como pueden emocionarse y disfrutar de estas historias lectores que desconocen por completo la provincia de León, preguntándonos cómo se imaginarán las hoces de Valdeteja, los apeaderos de la Feve, la ventisca de la montaña….

Volviendo al viaje de Don Nemesio, estando mi mujer embebida en su lectura, la pregunto: – ¿Qué tal?, ¿por dónde vas leyendo? Me mira y me responde con ojos vidriosos: – Cuando va a visitar el cementerio y la puerta está atada con una cuerda de alpaca… igual que en Cofiñal…. – Igual que en Villafañe, le respondo, y como en otros muchos pueblos de León.

Y es con estos pequeños detalles, haciendo mágicamente que estas pequeñas cosas puedan llegar al alma de lectores de, qué sé yo, Andalucía, Cataluña o Canarias, y que se emocionen y se vean a sí mismos desanudando la cuerda de alpaca para visitar a su padre, Llamazares ha recibido este ‘Premio Nacional de Narrativa’ a pesar de nuestra perplejidad, porque de manera subjetiva lo vemos tan nuestro, tan apegado a un paisaje determinado (una «memoria» que diría él) que nos cuesta entender que haya conseguido emocionar universalmente, por eso desde aquí le nombramos «Embajador de Emociones del Antiguo Reino de León».

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