Si alguien vio la noche del lunes 27 de julio a eso de las 4 de la mañana, en la entrada de Urgencias del Hospital de León, a una mujer de unos 65 años con un camisón manchado de sangre, una chaqueta de punto y zapatillas de casa, esa era yo.
Había llegado con una fuerte hemorragia nasal y tras haber perdido el conocimiento en la ambulancia la primera pregunta que recuerdo por parte del médico de urgencias fue si me había metido el dedo en la nariz. Incluso en semejantes circunstancias una tiene un filtro mental que le impide contestar estupideces.
Tras comprobar que la analítica y el electro (que yo misma pedí) eran correctos, me dio el alta.
Eran las 3:45 de la mañana y yo aun continuaba mareada por lo que le pedí que me dejara quedarme hasta que amaneciera para recuperarme del todo, la negativa fue rotunda: «No podía tener esa cama ocupada».
Me dirigí a la salida que me indicó un auxiliar muy amable tras dejar atrás a la enfermera de noche en su mostrador con los cascos puestos y comiendo ‘Chetos’. Solo había un box ocupado.
Una experiencia similar había vivido 2 años antes en el Hospital Clínico de Salamanca, donde no necesité pedir que me dejaran quedarme más tiempo, sino que fueron ellos mismos los que insistieron en que mientras no me encontrara totalmente recuperada no me marchara. Una considerable diferencia.
No hay motivo para presentar una queja al Sacyl, nadie me atendió mal, el médico hizo su trabajo, sin embargo, tras haber pasado más de 20 años atendiendo al público en una oficina de empleo no puedo por menos de establecer una comparación.
No es cuestión de plantearse si el médico de Urgencias de León tenía una mala noche o es realmente así. En el Ecyl, tuviéramos el día que tuviéramos sabíamos perfectamente que tratábamos con personas, allí no vale la arrogancia, ni la prepotencia, que carrera universitaria teníamos todos, que eso no te hace superior a nadie, que nadie te va a recordar por eso, te van a recordar por tu empatía y por tu humanidad.
Son cientos, miles, los trabajadores que están a disgusto en su trabajo, pero un fuerte respaldo sindical no justifica olvidar que tratamos con personas y es ese precisamente; el factor humano, lo que despertará gratitud y hará que seamos recordados.
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