Dice Rajoy que: «No se puede tratar a patadas al señor turista que deja muchísimos ingresos y permite que muchos españoles puedan trabajar. Es un disparate». Quizá,presidente, tal disparate tiene algo de rebelión profundamente humana, producto del hartazgo vital de los hijos de la sociedad del consumo, a los que no queda nada por construir, pues reciben todos los productos acabados y perfectos, como lotes turísticos de diseño, pero más alienantes que nunca, ya que apenas poseídos deben ser sustituidos por otros más novedosos y socialmente más significativos.
Desde un estado mayor de necesidad por haber sido inducida, se reclama la reconstrucción de la dignidad humana. Reivindican su condición de ser social, con capacidad para reconocer y superar sus limitaciones y sus necesidades, sin tener que soportar una excesiva sumisión a los otros hombres, la rebeldía no llega más allá, no supone una alternativa, pero es suficiente para poner en jaque un sistema social y político ya caduco.
Los jóvenes, al enfrentarse a la ‘gallina de los huevos de oro’ del turismo, cuestionan la seguridad aparente que les otorga la fuerza bruta de los mercados, institucionalizada por «responsabilidad, sensatez y sentido común» (Rajoy, dixit) en unas ciudades y barrios donde el anonimato es la norma y que, cada vez, son más ajenos para quienes los habitan. Las desigualdades y la falta de cohesión social están en el fondo de los problemas. Los jóvenes menos alejados de su origen animal, menos socializados, regresan fácilmente al salvajismo, viaje de retorno que todos deberíamos hacer alguna vez, para buscar la parte menos mansa de nosotros mismos.
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