Sé que les podrá parecer, si no cínica, sí extraña mi siguiente afirmación, pero: cada día me siento más a gusto en el silencio. Quizá sea que me comienzan o agravan las disfunciones auditivas –y más en estos días en que hay quien pretende a ritmo merengue tapar la fúnebre marcha, limpiar la oprobiosa mancha, aromatizar la fetidez de tanta excreción corrupta– pero, cada día que pasa, más de lo que oigo me suena a ruido; poco, muy poco, tiene la articulación, ritmo, armonía y nitidez requeridas para llegar a ser sonido. No digamos ya veracidad. Hay quienes ni tan siquiera se cuidan de ponerle un mínimo de verosimilitud a sus ficciones políticas. No sé cómo podrá alguien dar con la manera de concederles la mínima posibilidad de establecer con ellos, ni siquiera, el preciso pacto de ficción para que el sabido engaño mantenga un mínimo de sentido. A no ser, claro, que se comparta el sentido del mismo. La verdad es que tampoco les pongo ningún interés. Es lo bueno de atesorar memoria y conciencia de los tiempos y sus cosas, que ayuda a evitar determinadas necedades por más que los haya, creo, empeñados en la necia perseverancia; sin acabar de entender que la tal es conveniente en la virtud, no en el hocicar en cenagales de engaño y latrocinio. A no ser, insisto, que se comparta el sentido de la martingala.
Así las cosas, mejor huir de los virales ruidos y exigirme más ejercicio de las agustinianas potencias del alma o espíritu y, con la precisa voluntad, ejercitar las memorias, personal y colectiva, lo necesario como para alcanzar un correcto entendimiento de la realidad de las cosas públicas de la Nación o Estado y, en consecuencia, qué hacer con mi expresión de voluntad política, con mi parte alícuota de soberanía nacional, o voto. Amplío, sí, mi periodo de reflexión porque creo que la capacidad de razonar, distintiva del ser humano, exige en política no sólo relacionar diferentes ideas hasta llegar a una conclusión final, sino también, sobretodo, examinar los diferentes actos concretos y sus consecuencias tanto en lo personal, como en lo colectivo.
Así, podré acudir a las urnas civil y civilizadamente, pero como animado por Catalina Benincasa (no, no es Carolina Bescansa) cuando escribió: «¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas!, porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!», y, sobre todo, recordando a García Márquez en ‘La mala hora’, creyendo «que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra».
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