Desde que el Partido Popular ha cambiado su gaviota (o su charrán, según quien mire) por una encina no deja de mostrarse más enraizado a tierra. Abandona las evocadoras piruetas sobre el ocaso en cualquier Atlántico o Mediterráneo para sujetarse fuerte a la dehesa, al páramo y a la meseta en la sabiduría vieja y la savia densa. No están los de Rajoy para altos vuelos, que soñar es de pobres, y anhelan la seguridad que dan unas buenas raíces, retorcidas y profundas, que aguanten los mil y un envites de cada nuevo temporal de este invierno que se alarga en primavera.
Así, abrazados al tronco de lo que fueron, y quién sabe si volverán a ser, llegan mañana a Sevilla a su Convención Nacional. La Sevilla de los patios de naranjos; es que están por todas partes y no solo liderando las encuestas. Quiere el PP salir encina de este cónclave que aprieta la cuenta atrás de todos los relojes políticos. Queda un año para las elecciones locales, autonómicas y europeas. Quedan poco menos de tres semanas para conseguir sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado de 2018 que casualmente han llevado al Congreso de los Diputados este martes con unas cuentas de la abuela o de la lechera, o de ambas. A los abuelos enfadados quiere reconquistar Montoro con un guiño y media sonrisa (de esas de las suyas que no sabes si acaricia o amenaza) a las pensiones. La lechera es Ciudadanos, y no da más leche de la que da, y menos ahora que se ven toro de Osborne. El caso es que por primera vez el Gobierno ha presentado unos Presupuestos sin tener certezas, que en aritmética parlamentaria son los apoyos para poder sacarlos adelante. Algo muy poco de Rajoy porque quizá en el PP quede cada vez menos Rajoy, que ya hay quien dice que se irá con el charrán a su Galicia si hubiera adelanto electoral.
Posó Montoro con la tableta para las cámaras y durante unos segundos no se dio cuenta que enseñaba una pantalla en negro... cada uno que piense lo que quiera. Lo cierto que es que estos Presupuestos tiene que venderlos el Gobierno como nunca, la cuenta atrás apura y Cataluña sigue en su sainete de enredos y con su propio huso horario. Pero todo pasa por la Generalitat de silla vacía. El PNV dice que ni hablar de sus votos si no se retira el 155, quizá porque ahora los nacionalismos saben que la firma de los talones de Rajoy es como la de los justificantes del máster de Cifuentes, que está por demostrar. Albert Rivera pide una abstención a Pedro Sánchez, solo por estabilidad política, solo por responsabilidad. No sabemos si les queda algo de ambas al nuevo PSOE.
Mientras tanto estos Presupuestos, de momento virtuales, nos entretienen en los cálculos de autonomías mimadas y perversas, de provincias agraciadas con inversiones y olvidadas por los ministros. Los fríos datos son menos fríos y se vuelven traiciones, promesas cumplidas o injusticias históricas. Las cifras pesan lo que pesan los presidentes, alcaldes y consejeros. Que para eso se pasearon por Madrid y los agasajaron cuando vinieron a verlos. Castilla y León recibiría unos 1.002 millones de euros, la cuarta autonomía con más inversión aunque sea por la continuación de las líneas de alta velocidad ferroviaria. El resto del dinero, a vista de encina. Sin proyectos nuevos y con todos los siglos para terminarse, que las tormentas (incluso las políticas) dicen que siempre acaban escampando. Un año más de inversión simbólica para la ansiada Autovía de Duero y de empuje sin impulso a la A-60 Valladolid-León. Un Gobierno sin Presupuestos gobierna poco y a ras de suelo.
A fin de cuentas
05/04/2018
Actualizado a
09/09/2019
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