70 años en la casa de papel, del bueno

07/07/2026
 Actualizado a 07/07/2026
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Me encantaban los bolígrafos. Tal vez por eso estoy aquí, pasando de la tinta a la tecla y dibujando ese código mágico que nos permite encajar un hilo que compartir. Mi padre lo sabía y se iba a ver a Quiñones al salir del juzgado para traerme alguno que añadir a una colección que nunca hice. Pero la amistad entre ellos no tenía que ver con mi pasión. Era algo que compartían de verdad. Mis recuerdos con los libros son siempre allí, con Quiñones y Josefina. Y con sus cuatro hijas que se fueron incorporando a la plantilla. Todas nos íbamos incorporando a esa vida de mayores sin pensarlo. Pero los que quedaban siempre, eran ellos, los que compartían una sonrisa única y raro era verlos quejarse ni después de la Encina, cuando hacíamos cola para coger las bolsas de los libros de texto.

Olía a papel Quiñones, pero del bueno. Un papel que tenía mucho que contar y que lo resumía en esas sonrisas. Si sumo, me da que de eso hace 40 años (mejor ser de letras) y ha dejado en todos nosotros un sabor a familia. 

No tengo infancia que contar sin mis bolis de Quiñones y, por supuesto, sin la Colección de Antón Retaco que conservo casi en un marco de fotos y que leo cuando no sale el nudo de la garganta para forzarlo. No hay sobrino que no haya probado las cartas de aquel niño que se fue con su padrino a ver mundo. El Tío Badajo y su mona. Aquel que no quería una casa, ni un sitio, porque quería verlos todos…Y Antón lo veneraba desde la pequeñez, con sus ojos saltones y esa impaciencia para meterlo todo ellos. No recuerdo más lecturas que la vida circense en el carromato de Retaco y su madre enana, y su padre gigante, y su hermano, igualito a ella, y Ludivina y su abuela. Aquel mundo se me aparecía de frente cuando pasaba por la casa del papel bueno. Aún lo hace. Quiñones cumple 70 años, y no se hace anciano al ritmo de las velas, tal vez porque ha sabido bailar con la que le tocaba hacerlo. Ninguna fue mala, ni un Covid que no consiguió parar su ritmo, ni un internet que quiere incendiar todo lo que tenga visos de llamarse página.

Quiñones ha recogido la herencia del abuelo Pantaleón, la de pelear con lo que se ponga delante, con la valentía del riesgo cuando es tiempo y la calma para recoger lo hecho. Y ese fue el chupete de las hermanas Quiñones, que no podían dejar la casa vacía cuando su padre les dio la oportunidad de ponerse al frente de un negocio que era hogar. Dijeron sí y sumaron, sin pensar que hacían historia, y que la compartían. Y que no hay niña sin bolígrafos mientras su sonrisa esté detrás de un mostrador. Son 70 tacos. Y los que vendrán.

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