Esta diversidad tan apabullante es una bendición de Dios. Hay que huir del pensamiento único, también en la comida y en la bebida. Este país es, pues, muy diverso y muy divertido de ver y de vivir. Tiene sus inconvenientes, claro, como, por ejemplo, la excesiva adrenalina que podemos en todas las manifestaciones públicas y, sobre todo, políticas. Por su causa, desde que los fenicios fundaron Cádiz hace tres mil años, las discusiones se elevan de tono más a menudo de lo necesario. Y lo que peor tenemos, sin duda, es el sectarismo. O estás conmigo o estás equivocado. Yo bebo Rioja por qué digo que es el mejor y punto. Bien; haces muy bien en beber Rioja, pero decir que es el mejor, denigrando implícitamente a todos los demás, es osado y sectario. Yo beberé lo que me dé la gana y tú sigue bebiendo Rioja y todos tan contentos y tan amigos. Y mucho menos trates de imponerme que beba lo que tú.
Estos días leo desolado que en Cataluña muchas familias han dejado de hablarse para no discutir. No es mal método, y si no que se lo pregunten a los monjes cartujos que no hablan nunca por no enfadarse. Pero no deja de ser triste que un padre y un hijo dejen de dirigirse la palabra porque la cosa acabe siempre en una discusión ¡de política!, la más vil de todas las actividades humanas.
A modo de ejemplo; en mi caso, que no soy catalán ni lo pretendo, no ocurre esto, gracias a Dios. Y eso que mi madre vota al PP, mis hijos a Podemos y un servidor no vota porque ya sabéis lo del sarpullido. Nadie, en esta familia, trata de convencer al otro; nadie tiene especial interés en dar la chapa al otro con lo que tiene que pensar o lo que tiene que decir o lo que debe de opinar. Hay firmada una tregua en lo que respecta a las opiniones de cada cual. Lo mismo que la tenemos para elegir el vino que tiene que acompañar a las viandas en Nochebuena o en Año Nuevo. Es más, cada año se procura elegir uno que no hayamos tomado antes. Lo mismo ocurre con el queso, y mira que nos gusta el queso más que comer una zanca de pollo con las manos, que es como se debe de comer, que la sustancia está en el chupe. Un día, uno de Matallana de Valmadrigal; al otro, un asturiano; al siguiente, uno de Zamora y aquí paz y después gloria. Amén.
No penséis, no obstante, que no discutimos. Si lo hacemos, pero la mayoría de las veces el motivo suele ser baladí, como, por ejemplo, dejar bien claro, sobre todo para los nuevos que se juntan en nuestra mesa, quién es el más cabezón de los cuatro. (En mi pueblo se diría a ver quién de los cuatro es más necio...).
Salud y anarquía.
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