Se sostiene en las paredes viejas del antiguo hospital camino de Santiago. Allí donde Ponferrada terminaba para empezar el mundo o para acabar en el cementerio de Montearenas, según dónde se pusiera la brújula. Durante años tuvo olor a jeringuillas y desinfectante. Hasta que un día decidió quitarse su pasado de encima y abrir la puerta a lo impensable: ser la cuna del saber. Estábamos preparados hace treinta años para contener nuestro propio campus. Había ganas, intención, espacio. Había incluso una ciudad dispuesta a hacer sitio. De inicio faltaron alas. Tantas que hasta Basurko tuvo que salir a correr detrás de un imposible para convertir en realidad aquella metáfora del «sí se puede». Veinticuatro horas sin parar por un polígono para ponerle cara, piernas y sudor a una reivindicación. Para que nadie pudiera decir que pedir un campus era una ocurrencia de quienes viven en la periferia y se entretienen soñando con cosas grandes.
Tarsicio también lo sabía. Y peleó tanto como Basurko, aunque en los corrales de corbatas, para recorrer las mismas distancias. Luego llegó la meta y levantamos los brazos con ellos. Habíamos ganado. Pero después llegaron los tiempos bajos. Los tachones. Las dudas. Los proyectos que se relanzaban con una mano mientras la otra parecía empeñada en ahogarlos. Llegaron los años de perfil bajo, de no molestar demasiado, de agradecer lo que había y pedir poco por si acaso. Y, sin embargo, el campus hizo lo que hacen las cosas que tienen raíces: crecer incluso cuando nadie las riega. Se fue tejiendo a sí mismo. Midiendo su capacidad. Descubriendo que podía. Y, sobre todo, encontrando aliados. Gente que entendió que una universidad no es solo un edificio lleno de aulas, sino una forma de decirle a un territorio que también tiene derecho a imaginarse el futuro. Hoy lleva el sello de quienes lo quieren. Mira hacia lo cercano. No necesita prometer una universidad imposible ni convertirse en una ciudad que no somos. Septiembre lo demuestra. Suenan las ruedas de las maletas por las aceras. Llegan estudiantes buscando pisos, perdiéndose por primera vez por unas calles que dentro de unos años recordarán con una mezcla extraña de nostalgia y alivio. En esas casas se cocinarán amistades, se estudiará de madrugada y, seguramente, habrá alguna fiesta que termine bastante peor de lo previsto. Pero todo eso también es universidad. Y solo formar parte de eso ya merece la pena. Aunque queramos más. Soñar no es malo cuando se nace de un sueño. Llevamos tres décadas y mil gotas de sudor. No deberíamos avergonzarnos de querer otras mil. Queremos contar y que cuenten con nosotros quienes saben hacerlo. Queremos dejar de asumir que las esquinas están condenadas a sostener el centro. Queremos más universitarios. Queremos pasarnos con la medida. Queremos quedar los primeros alguna vez. Y a eso le llaman revolución los que quieren que pidamos permiso para hacerla, sin querer ver que desde este rincón seguimos cocinando ese «y si fuera».
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