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23 de abril, entre Schweblin y Borges

20/04/2026
 Actualizado a 20/04/2026
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Se acerca el Día del Libro, pero yo no soy mucho de los “días de algo” (tampoco de mi propio cumpleaños, que te recuerda, velis nolis, que la vida es una cosa que indefectiblemente acaba mal. Perdón por el pesimismo antropológico. Claro que también se celebra el hecho de estar vivo). Esta fecha emblemática, la del 23 de abril, tiene más sentido. Al menos no está cogida por los pelos, como otras. Se conmemora la muerte de Cervantes, tal vez, y quizás la de William Shakespeare. Y, sí, también la del Inca Garcilaso... Los calendarios borrosos y dispares no nos dejan ver si estos grandes autores murieron exactamente a la vez, o sólo aproximadamente. Y están las diferencias entre el calendario gregoriano y el juliano, lo que llevaría a Shakespeare a morir, al parecer, ya en el mayo florido y hermoso.

En fin. Lo que sea. Hay más figuras literarias relacionadas con la manoseada fecha, pero no nos pongamos estupendos. A fin de cuentas, aquí lo que interesa es sentarnos a leer (se puede hacer de pie), porque la literatura, o sea, la palabra, es la que construye el mundo. Y la única que puede salvarnos, aunque sea en la ficción. A veces conviene conformarse con la ficción, mucho más interesante que esta oscuridad que nos envuelve.

Así que se acerca el Día del Libro, lo que implica escritura y lectura, dos acciones complementarias sin las que la literatura no existiría. Y es el Día de los Derechos de autor, que, en época de fiebre tecnológica, no siempre son respetados (o son directamente pisoteados). Aquí tendría que citar a mi buena amiga y excelente poeta gallega Yolanda Castaño, un faro de su generación, que, en su reciente libro ‘Economía y poesía: rimas internas’ (publicado en castellano por Páginas de Espuma), aborda la cuestión de la escritura como actividad que parece destinada, salvo excepciones, al amateurismo, al alegre hobby (no al alegre hobbit, ojo, siempre tan productivo para Tolkien), y a la infinita generosidad.

No ha sido raro en este país, es cierto, el desprecio por la cultura. O, al menos, no ha sido rara esa mirada compasiva hacia el escritor y hacia el escribidor (si de literato se trata), al que se le supone el arte, que a buen seguro le brota de las manos como una fuente, qué digo, como una cornucopia, sin esfuerzo, por no citar ese asombro del personal ante la supuesta y celebrada (por el capitalismo, claro) maravillosa capacidad de los escritores de vivir del aire, si ha lugar, alimentados más que de sobra por la nutritiva vanidad del artista (que se les supone) y por los abrazos cómplices de los amigos, que están para todo. Frente a eso, sí, algunos premios millonarios ondean en el horizonte extraño.

Pero hay cifras problemáticas en torno al mundo de la edición, y sobre cómo vivimos en un país donde, quizás, como me dijo una vez un escritor que no revelaré aquí, se publican más libros que literatura. Claro que a veces aparece el diamante buscado. O, al menos, el diamante que aplauden los lectores, que algo sabrán de todo esto, más allá de la crítica. He escuchado a Manuel Vilas, que es un río caudaloso de humor y palabras, pero también de emociones narradas como nadie más lo hace, arremeter contra el maltrato a los creadores. Y no lo dice por él, desde luego. Lo dice por lo que uno va viendo. La literatura se ha convertido en un territorio de lucha (qué diablos: siempre lo ha sido) entre la verdadera pulsión artística y la más comercial, que busca el eco de las redes sociales y los ‘followers’. En fin, ahora que todos escribimos, no creo que sea difícil, sin embargo, diferenciar la calidad de la simple popularidad (que, vaya, también pueden ir juntas). Lo que no se entiende, ya digo, es esa pertinaz crítica hacia el escritor que pretende vivir de la literatura y de la cultura: ¿aún es pecado?

Me acordé de todo esto cuando Samanta Schweblin ganó el otro día el millón del premio literario de Aena. Conozco un poco a Samanta y la leo mucho, y me parece absolutamente maravillosa (y terriblemente inquietante: su literatura, digo). Cuando la conocí, en 2015 (ya lo habré contado), tras la publicación de ‘Distancia de rescate’ (cuando Schweblin no era aun Schweblin, pero ya empezaba a serlo) me pareció seria y difícil. Vivía en Berlín, donde sigue, y me la imaginaba protegida por un círculo de fuego, hecho de palabras, que te invitaba a ver su atmósfera kafkiana precisamente con cierta distancia, con asombro, y con esa extraña urgencia del peligro que siempre nos rodea y que ella detectaba en la realidad. Me dijo con sonrisa escueta que escribía desde niña, en todas las clases. También en las de matemáticas. Sin parar. Y que no hablaba con nadie.

Ahora Samanta ha ganado un millón y sobre ella ha sobrevolado una polémica seguramente inevitable. ¿Cuánto vale una novela? ¿Cuánto vale el genio literario (y ella lo tiene)? ¿Protestaremos porque los escritores puedan hacerse ricos? En fin. No pondré precio a la genialidad y a la belleza. No protestaré por el arte recompensado. Aunque conozco bien, sí, la fragilidad de tantos que escriben (que escribimos), la dureza de llegar, la dificultad del reconocimiento, el eterno túnel oscuro que hay que atravesar en este país, y quizás en otros, para llegar a esa luz. O a ninguna. Pero escribir está bien, porque se escribe para no morir. Como Sherezade. Y también se lee para no morir nunca, porque, como en Dickens, siempre creemos que hay un capítulo más.

La otra tarde presentamos una colección de artículos de mi buena amiga Silvia Salgado (‘Antes del lunes’, Hércules de Ediciones). Ella escribe mucho, pero lee muchísimo más. Dirige ocho clubes de lectura en el norte de Galicia. Tendrá doscientos lectores, todos atentos como equilibristas, leyendo a la vez, sosteniendo sintagmas en los atardeceres. Ah, eso es lo que se celebra el próximo día 23 de abril. Más que ninguna otra cosa. Ella está construida de títulos de libros, de autores, trufa con ellos sus textos, con los que es capaz de tejer una red extraordinaria. Esa red nos protege. Así nos salva la literatura. La red de palabras bajo los trapecistas de la cultura que saltan olímpicamente. Somos seres arriesgados en un mundo hostil, en el que algunos líderes mundiales quieren premiar la ignorancia.

En sus mudanzas, Silvia colocaba el libro de Borges favorito de su marido en lo más alto de las cajas de cartón. ¡Qué difícil es transportar los libros de una casa a otra! Diría que se resisten. Me acordé de los escritores ciegos, que nos llevaron, sin embargo, al puerto elegido. A Ítaca, por ejemplo: aunque lo que importe sea el viaje. Me acordé de ese Borges, que conoció a Alberto Manguel en 1964 en la librería Pigmalión, y que más adelante fue sus ojos, en la lectura y en el cine. De Manguel precisamente (una vez lo vi, con Aurora Bernárdez, y apenas hablamos) les recomiendo ‘Una historia de la lectura’. Para el 23 y para el resto de los días y de las noches.

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