En este sentido 2017 se caracterizó por la aceptación de la idea de solo el aumento del poder adquisitivo de la clase trabajadora puede activar la economía, de que solo con un reparto equitativo de la riqueza se puede construir una sociedad justa, de que hay que aumentar los salarios y promover un mayor nivel de inversión pública.
Pero el modo peonza en el que estamos instalados no nos lo permite. Unas veces por cálculos electoralistas, otras por conseguir desviar la atención de la corrupción y del enorme deterioro de la imagen de las instituciones, otras por simple egoísmo y cortedad de miras, seguimos dando vueltas sobre lo mismo sin dar un paso al frente, reconocer el error cometido en estos años.
Y los gobiernos, que son elegidos para marcar el rumbo, son capaces de asumir su responsabilidad. Ni se decide aumentar el salario de los empleados y empleadas públicos como primer paso de un movimiento que tendría que afectar al conjunto de las personas asalariadas, ni coloca el SMI al nivel necesario, ni rectifica esa enorme aberración que fue la reforma laboral. Solo andan titubeando, haciendo pequeños gestos, promesas vaporosas sobre como atacar el problema de la temporalidad y la precariedad laboral. Pero los días pasan, no esperan. Y 2018 se acerca apresuradamente, y creo viene vestido con un llamativo ropaje: el hartazgo.
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