Quisiera consignar un milagro trivial, del que una no se da cuenta hasta después que ha pasado: el descubrimiento de la lectura. El día en que los veintiséis signos del alfabeto dejan de ser trazos incomprensibles en fila sobre un fondo blanco, arbitrariamente agrupados, y se convierten en una puerta de entrada que da a otros siglos, a otros países, a multitud de seres más numerosos de los que veremos en toda nuestra vida, a veces a una idea que cambiará las nuestras, a una noción que nos hará un poco mejores o, al menos, un poco menos ignorantes que ayer. Marguerite de Yourcenar, ¿Qué? La eternidad).
Esta maravillosa reflexión de Marguerite de Youcenar viene a resumir en dos sencillas palabras, «milagro trivial», el hecho singular que nos da acceso a la actitud que nos humaniza. La lectura, como si fuera el personaje de una historia de ciencia ficción que posee la llave de la Puerta de Tannhäuser, a través de la cual vamos a poder acceder a todos los mundos inimaginables, despojados de cualquier limitación, incluso las que emanan de nuestra propia naturaleza o de las instituciones en las que nos vemos inmersas.
Esto se comprende desde la experiencia nada más y quien no la tiene es como si sus sentidos se vieran mermados y su capacidad de acceder al mundo limitada.
Hace poco falleció Dolly Parton, considerada como una de las mejores cantantes de la música country, pero también la creadora del proyecto La Biblioteca de la Imaginación de Dolly Parton, dedicada a inspirar el amor por la lectura regalando libros a niños inscritos en su proyecto, desde el nacimiento hasta los cinco años. El motivo es el mismo que nos trae Marguerite. Seguramente ella también fue consciente de ese ‘milagro trivial’ sobre todo porque, al ser hija de un hombre analfabeto, comprobó en primera persona la diferencia que hay entre las gentes que acceden a otros mundos a través de la lectura y la imaginación y las que no.
Que la semilla de los sueños cumplidos se encuentra en los libros, ya nadie lo duda.
Y ahí estamos nosotras, esas locas de los clubes de lectura rurales. Soñando como nunca con pueblos con calles bien pavimentadas. Con todas sus casas ocupadas y con escuelas razonablemente cerca llenas de niños y niñas que aprenden a leer. Soñamos con centros sociales donde la gente pueda reunirse para tratar sus asuntos. Además, estos centros tendrán una pequeña biblioteca y no solo un bar, con una sala acogedora para celebrar los encuentros de socias y hablar de libros. Soñamos con centros médicos locales, abiertos, a los que venga el médico todos los días. Y soñamos también con poder leer los libros que nos dé la gana, porque los hemos elegido nosotras. Y no tener que bajar a León a devolverlos. Y soñamos con no tener que escotar, aunque solo sean diez euros al año, para pagar los portes de vuelta en Correos. Y soñamos también con que nuestras mayores nos acompañen y encuentren en el relato de nuestras lecturas el relato de sus propias vidas, las que vivieron o las que les hubiese gustado vivir. O que nos acompañen porque han accedido a la lectura con unas gafas decentes por las que no han tenido que pagar un dineral. Y puede participar en las reuniones porque tiene unos audífonos decentes que no le han costado otro dineral. Y con que a nadie le dé igual o le venga bien que se nos quemen los montes y los pueblos. Y con que a nuestros gobernantes sí les preocupe que se nos sequen las huertas.
Y soñamos con unas instituciones que nos quieran bien. Y cuando digo bien, me refiero a bien y a gratis.
El 12 de septiembre, nos vemos en Sahagún para hablar de estos sueños, entre otros muchos.
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