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"No estás en el mundo si no conoces a Carpo"

"No estás en el mundo si no conoces a Carpo"

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Carpo  en su casa de Tolibia. |  MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Carpo en su casa de Tolibia. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 21/10/2018 A A
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"No estás en el mundo si no conoces a Carpo"
Los inolvidables Policarpo Suárez, ‘Carpo’ el de la cantina, es una institución en Tolibia de Abajo. Cojo desde la mili se hacía sus prótesis. Fue zapatero, ganadero, cantinero... paisano
La conversación era en un bar de Lugueros, hace pocas semanas. Andaba por medio El Rebeco de Piedrafita, lo que asegura voces, y salió en la conversación Carpo el de Tolibia y cómo se comía en aquella casa. Alguien preguntó quién era Carpo y El Rebeco puso el grito en el cielo: «¿Qué no sabes quién era Carpo? Tu no estás en el mundo, no puede ser que estés en el mundo y no sepas quién fue Carpo». Y remató con la frase más suya para hacer patente su lamento: «¿Ay madre, ay madre, ay madre».

Esta vez Julito, que así se llama el personaje, tenía razón pues es muy complicado encontrar a alguien que haya conocido la ribera alta del Curueño y no supiera quién era nuestro inolvidable: Policarlo Suárez González, Carpo el de Tolibia. Aunque para acabar de contarlo todo para completar el buen hacer en la cocina habría que hablar también de su inseparable hermana, Carmina.

En aquella cocina/comedor de una casa que hoy está en venta se comía muy bien, pero había mucho más, había historias para contar y escuchar. «Es verdad que se comía bien y barato, pero después la gente se quedaba de charla hasta el amanecer», solía contar Carpo, que ya hace siete años que nos dejó.

En la mili tuve una cosa mala en la pierna, decían que no era nada pero la perdí, y para casa sin un duroHabía tantas historias que no era necesario recurrir ni a la más conocida de este pueblo, la de los duendes y aquella casa en la que ocurrían fenómenos tan extraños. «Fue hace mucho tiempo, ya a principios de siglo (el XX) pero es verdad que cuando nos lo contaba nuestra madre —Celedonía, apuntaba Carmina— escuchábamos como en misa aquellos sucedidos de cuando aparecían las vacas atadas de dos en dos en los pesebres, con una sola cadena, que si te pones a ello no lo haces ni por las buenas ni por las malas. Y no te cuento cuando subían al pajar aunque el hueco de la bocana era tan pequeño que por allí no entraba una vaca te pongas como te pongas... Pues subía».

Duendes. Y duende tenía la historia de Carpo, ganadero, zapatero, cantinero y cojo. «Perdí la pierna en la mili, que la hice en Calatayud. Tuve un golpe y me echaban una pomada, decían que no era nada, como si me quejara por gusto... Pues me salió ahí una cosa mala, y no cedía, hasta que perdí la pierna». Y ahí matizaba nuevamente su hermana, «que lo mandaron para casa cojo y no le dieron ni un duro, que lo mandaron para casa y se olvidaron de él, que ni siquiera aparecía apuntado en parte alguna».

Y en este punto pasaba a ser Carpo el que matizaba a su hermana: «Pero yo siempre me arreglé bien con la mi pata... de palo».

- Eso es otra cosa, que tu te arregles es diferente a que te dejaron ahí como si no fueras persona; decía Carmina.

Y el buen hombre explicaba cómo ‘se valía’ para todo hasta el punto de que su manejo de la prótesis —que él mismo se hacía con sus buenas dotes para la madera y ser zapatero— se convertía en espectáculo: «Muchas veces iba a bañarme a un pozo y los chavales iban a mirar porque yo me quitaba la patona de madera».
- ¿Y para pescar a mano?

La sonora carcajada a la pregunta delata que, como tantos en la comarca, el cojo de Tolibia de Abajo también anduvo buscando capturas debajo de las piedras del Curueño.

¿Que si me arreglaba? Se me marchaban las cabras e iba detrás de ellas hasta Genicera - Para bañarse bien, pero ¿para andar detrás del ganado por el monte no te resultaría fácil?
- Mira lo que te digo. En casa siempre hubo cabras, que es lo más montisco que hay, pues muchas veces se me escapaban monte adelante y fui detrás de ellas hasta Genicera, que está para el otro lado de la Collada, ya en La Mediana. Dime tu si me arreglaba o no.
- Pero de lo que más fama tenías era de zapatero.
- No había botas como las que hacía yo para esta tierra, para la nieve. Lo difícil era acabar con ellas, si acaso se descosían pero venía el paisano por aquí, se las volvía a coser y a esfarraparlas, si podían.
- ¿Cuero?
- Puro cuero, de verdad. Todavía viene gente por aquí (en 2007, se refiere) que me dice «Carpo, tengo en casa las botas que me hiciste, no puedo acabar con ellas y me da pena tirarlas».

Y en los ratos libres, pues a la cantina. Que la mantuvo abierta hasta muchos años después de jubilarse, hasta que le falló ‘la pierna buena’ y tuvo que operarse... y me denunciaron por la cantina. «Tengo para mí que había quien le molestaba que se pudieran comparar los precios. Es que nosotros sólo la queríamos ya para estar entretenidos en algo, que no hacer nada no es nada bueno». Tal vez por ello, aunque la cantina ya estaba cerrada la conversación se podía alargar en la cocina hasta las mismas horas.

Hoy la casa de Carpo está en venta, tal ves sea la metáfora de los tiempos.
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