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Neuilly-sur-Seine

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Rubén G. Robles | 19/08/2020 A A
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Neuilly-sur-Seine
La corona de Heinrich (XVIII) En el exclusivo barrio de la ciudad de París, Lavigne visita a Hermann Feder, quien demuestra conocer muchos detalles sobre la operación del mercenario en Nigeria
Lavigne escuchó con atención los detalles que iba desvelando en su discurso Hermann Feder. Las preguntas que le formulaba iban acompañadas de respuestas contundentes, lo cual no dejaba dudas sobre la procedencia de aquel hombre. El propio Elíseo, pensaba Lavigne, desde su gabinete de crisis y exteriores, le habría proporcionado toda la información sobre su último trabajo en África.
–¿Recuerda la cantidad que pagó el gobierno por el rescate de los periodistas que Boko Haram tenía secuestrados en Kannama, en el estado de Yobe, y que usted ayudó a liberar? -estaban llegando los tres a la Rue Charles Lafitte.
–Yo se lo diré. De los tres millones que soltó el gobierno, entregó dos al grupo islamista.
–¡Eso no es cierto!
–¿Acaso pensaba que la Vª República no se iba a enterar?

Estaban llegando a la rue Lafitte.
–Para ser un buen mercenario, Monsieur Lavigne…
–¿Qué? -preguntó el otro desafiante.
–Debería trabajar mejor. Pero eso ya no va a poder ser.
–Ni siquiera el Elíseo tiene pruebas.
–¿Cree que era el único que estaba con los periodistas en aquella habitación cuando decidieron soltarlos? -Hermann seguía observando con atención las evoluciones de Sophie.

Lavigne no dijo nada.
–Considérese pagado con aquella cantidad que les robó a los franceses.
–No es seguro que fuera así.
–Y además sobrevivió gracias a nuestros hombres.

Hasta ahora Hermann no le había contado nada que no supiera.
–Podían haberle dejado en Abuja, en aquel barrio donde se alojaba, ¿lo recuerda? ¿Cómo se llamaba el hotel?
–Hotel Momondo –dijo el mercenario, quien ya no tenía inconveniente en decirlo y que se supiera.
–Aquello estuvo muy bien pagado con la vuelta sano y salvo a Francia. No habrías sobrevivido ni dos días sin la protección de los hombres de exteriores. El grupo islamista sabía que era nuestro intermediario, nuestro comisionista, aunque no lo quiera admitir.
–¡¡¡Eso es una sarta de espurias mentiras!!!

Hermann se detuvo, Sophie también se giró y comenzó a rugir a aquel acompañante no deseado.
–No se le ocurra amenazar a nuestro hombre, ¿me ha entendido? –le advirtió Hermann- Tenga en cuenta que cometió un error muy grave al robarle al Estado parte de sus recursos. Se creyó más inteligente que nosotros y se equivocó. Pero no vuelva a hacerlo Lavigne. No es tan valioso ni tan inteligente como se considera.

Sophie se giró y se adelantó unos metros, esperaba a la puerta de una pequeña mansión de dos plantas con el tejado perforado de ventanas mansardas apenas visible por una arboleda. La pequeña y estrecha puerta metálica estaba flanqueada por dos pilastras cuadrangulares con adornos de carácter floral.
–Entre en casa, le contaré algo.

Sophie mostraba ahora algo de interés por el acompañante de Hermann y giraba la cabeza con sus enormes ojos saltones por ver quién era aquel tipo que retrasaba su entrada en la casa y cuáles eran sus intenciones. Se acercó y olfateó la pernera de Lavigne.
–Quieta Sophie, entra en casa –le dijo el dueño.

Cuando entraron al interior de aquel palacete apareció una mujer, sudamericana por sus facciones. Sonrió discreta sin decir nada. Hermann le dio los buenos días y le entregó la correa de Sophie, que subía ya los tres escalones que llevaban a la puerta, camino de un buen plato de comida y agua.
–Acompáñeme –le dijo Hermann.

Louis Lavigne no se parecía en nada a aquel hombre del café de La Paix en l’Opéra. Había perdido la seguridad. Hermann, en cambio aparecía en su mansión como un hombre seguro de sí mismo y lleno de confianza.

Recorrieron el pasillo decorado con antigüedades dieciochescas, apropiadas al estilo de aquella vivienda. De vez en cuando sobresalía alguna pequeña escultura en metal. En las paredes, cuadros coloristas con paisajes de la Provenza.
–Siéntese. Mariana, tráiganos un café, por favor. Para mí solo, el señor Lavigne lo tomará…
–Solo también, por favor, expreso. Se había vuelto educado y sumiso, era un perrito bien amaestrado por el gobierno, a pesar de considerarse a sí mismo como un valentón y forzudo mercenario a sueldo.

Mariana regresó por donde había venido, secándose las manos en el delantal. Aún no se habían sentado y Louis Lavigne contemplaba la habitación donde se encontraban. Aquel espacio hacía las veces de amplio despacho donde recibir visitas a la vez que sala de lectura, biblioteca y sala de estar.
–¿Ha desayunado?
–No, pero eso no es importante ahora.
–Como quiera, ¿por dónde empiezo?

Lavigne hizo un gesto como de no importarle demasiado.
–En los años setenta COGEMA , el antiguo nombre de AREVA, en colaboración con la Oficina de Investigación Geológica y minera de la VªRF y la sociedad del estado de Malí SONAREM habían efectuado trabajos de prospección en la región de Falea entre Mali y Nigeria, no considerando rentable su explotación. En el año 2005 la sociedad canadiense Rockgate acude a la solicitud de elaboración de un informe sobre el uranio de la región. El informe preliminar fue completado por Golden Associates quien afirmaba que la explotación era sin duda atractiva. En el año 2008 Falea se convierte en propiedad de Delta Mines, empresa subsidiaria de Rockgate, pero no con las 5000 toneladas de uranio que se pensaba en un principio y que creía AREVA en aquella otra época, sino con más de 22.000 toneladas.
–Lo siento, pero todas esas cifras no tienen para mí ningún significado. No entiendo qué me quiere decir.
–Ya veo.

Lavigne no dijo nada.
–No se preocupe, yo le desvelaré al final cuál es su significado y dónde entra usted con su intervención en la liberación de los periodistas en manos de Boko Haram. La mina canadiense recibe en el año 2010 el premio a la mejor mina africana, frente a los engaños en los hospitales internos de la empresa y competidora francesa, quien engañaba a sus empleados nigerianos sobre la naturaleza de la enfermedad que comenzaron a padecer.

Mariana se acercó con los cafés en una bandeja de plata. Las tazas eran unas minúsculas piezas decoradas con algunos detalles de los cuadros, colores y formas del pintor austriaco Gustav Klimt.
–Déjelos ahí por favor Mariana –dijo señalando la mesita baja del centro.
–Gracias Mariana -dijo Feder.

La mujer se retiró.
–La historia continúa. El tuareg Almoustapha Alhacen fundó en 2001 la organización Aghirin Man, tras notar la cantidad de trabajadores de las minas de uranio de nuestra empresa que murieron de extrañas enfermedades. En el hospital propiedad de AREVA, los diagnósticos fueron SIDA o malaria, sin embargo, nunca cáncer debido a motivos laborales.
–Ya veo.
–El cáncer solo se diagnosticó a pacientes que no trabajaban en la mina. En 2009, Serge Vengel, ciudadano francés, falleció según el diagnóstico de un médico francés, de cáncer de pulmón. Había trabajado en las minas de Nigeria y Mali durante siete años. En un cuestionario declararon la mayoría de trabajadores que en el trabajo llevaban camiseta y pantalones cortos. No utilizaron nunca dosímetro ni guantes de seguridad.

Louis parecía seguir con cierto interés todo el flujo de datos que Hermann le iba ofreciendo, sin sospechar muy bien dónde encajaba su trabajo.
–Los medios franceses recogieron entonces las acusaciones del gobierno nigeriano a AREVA, de connivencia con la nueva rebelión Touareg del movimiento de los nigerianos por la Justicia (MNJ), que opera en las regiones septentrionales de Nigeria. Según el presidente nigeriano Mamadou Tandjane el apoyo de AREVA al MNJ estaría orientado a impedir a las compañías extranjeras su instalación en la región donde el MNJ está presente. Los medios europeos destacaron que resultaba extrañamente curioso que en un país la Vª República Francesa financiara a un grupo terrorista mientras en otro, en Mali, ya lanzada la operación Serval, nuestros soldados estuvieran combatiendo contra el mismo tipo de terrorismo, contra el mismo grupo terrorista.

Hermann revolvía las dos cucharadas de azúcar con las que había endulzado aquel minúsculo café.
–A pesar de la creciente inseguridad de Nigeria AREVA habría anunciado grandes inversiones en la explotación de Imourarenen, que podría asegurar, con las toneladas de uranio obtenidas por año, el 100% de las necesidades de uranio de la compañía del gobierno francés. El 11 de diciembre del año 2012 l’Observatoire du nucléaire acusó a AREVA de corrupción al efectuar un ingreso de 26 millones de euros en el presupuesto de Nigeria con el objetivo de pagar un nuevo avión al Presidente de Nigeria, M. Issoufoune, un antiguo director de una filial de AREVA.

Hermann acercó la taza a los labios y con un giro rápido de muñeca tomó el café. No había apartado la mirada de su invitado y seguía sus movimientos con la mirada. Louis Lavigne no sabía de qué manera podía encajar su aventura africana en aquella historia.
–En ese momento, cuando usted entra en acción, el gabinete de crisis exteriores estaba implicado en el desarrollo de la operación Serval en Mali y no nos interesaba apoyar y exhibir nuestros intereses económicos en Nigeria. Ese es el único motivo por el que le elegimos, para que se encargara de la liberación de los periodistas. Creímos que se daría cuenta.
–Pero…
–Tan solo nos preocupamos de que no tuviera ningún problema.
–Y…
–Tuvo nuestra asistencia en todo momento, nuestros hombres, nuestros recursos -siguió diciendo Hermann.
–Eso no es cierto.
–Pensábamos que se daría cuenta. Pero estaba demasiado preocupado con esconder el dinero y que nadie lo llegara a saber.
–Y entonces…
–Le dejamos hacer porque creímos que el riesgo que corría lo merecía.
–¿Y Sapin, la joven de MSF?
–¿Aquella joven enfermera por la que no se mostraba indiferente?
–Sí, ¿qué fue de ella?
–Nuestra. Le protegió mientras estuvo con usted.
–Lástima –dijo Lavigne.

Parecía ir encajando la verdad.
–Estaba tan preocupado intentando meter las narices donde fuera, le daba todo lo mismo, olvidó algunas cosas esenciales de su trabajo.
Hermann miró el fondo de la taza.
–La verdad es que apuntaba buenas maneras -le dijo Hermann después.
–¿Lo hice? -preguntó Lavigne.

Hermann asintió.
–¿Así lo considera?
Parecía aceptar su condición de víctima.
–Quiero que sepa que ha sobrevivido porque tenía la cobertura y los medios de la Vª República Francesa.

Lavigne sostenía la taza en el aire, sus diminutas dimensiones entre la musculatura de sus dedos.
–Solo un consejo. Si quiere evitar La Santé , tendrá que proteger a nuestro hombre durante todos sus movimientos. Y asustarle también cuando se lo pidamos. Tenemos un equipo detrás de él y se moverá por el mundo… y usted irá con él. Amenazarle cuando se lo pidamos y protegerle también.

Louis iba asimilando todo lo ocurrido, encajando las piezas de lo ocurrido en Nigeria.
–Olvide África durante un tiempo.

El mercenario no dijo nada.
–Se equivocó y la diferencia es que ahora lo sabe.
–¿Lo sé?
–Sí, lo sabe. No intente de nuevo engañar a quien le pague.
–¿Me castigan por no haberme sometido a sus métodos?
–No es un castigo, le estamos ofreciendo la posibilidad de recuperar el favor de la agencia.
–Pero…
–¿Olvida que hay un millón de euros en una de sus cuentas y que ese millón de euros no le pertenece?

Lavigne se mantuvo en silencio.
–Nadie le ha pedido que lo devuelva, pero tendrá que ganárselo.
–¿Y si me negara a hacer lo que me piden?
Hermann se le quedó mirando.
–¿Está seguro que puede negarse a hacerlo? No tiene más remedio, Monsieur Lavigne, tendrá que proteger a nuestro hombre y hacer lo que le digamos.
–¿Morelle lo sabe?
–Es Exteriores quien me ha dicho que hable con usted, fueron ellos los que le han tendido esta trampa. Yo les pedí un nombre y ellos me dijeron cómo contactar con usted.
Hermann se levantó, dando por concluida la conversación.
–Por cierto, prepare su maleta, mañana se va de viaje.
–¿Dónde?
–Delhi y Hong Kong, ¿qué le parece?


En la entrega de mañana el profesor Lecomte viajará a Nueva Delhi acompañado de Marie Hereuse.
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