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Muy Morante y mucho Morante

Muy Morante y mucho Morante

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Alejandro Talavante cuajó una espectacular faena a su primer toro, pero no la remató con la espada y perdió una puerta grande de libro. | SAÚL ARÉN Ampliar imagen Alejandro Talavante cuajó una espectacular faena a su primer toro, pero no la remató con la espada y perdió una puerta grande de libro. | SAÚL ARÉN
Fulgencio Fernández | 25/06/2018 A A
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Muy Morante y mucho Morante
Toros El de La Puebla tuvo una de esas faenas para el recuerdo después de un petardazo; también Talavante pero no mató y perdió la puerta grande
La primera corrida fue la del corazón. La de los obreros que se querían ganar al graderío leonés picando piedra. La segunda, este domingo, era la de la seducción con historias diversas ¿A quién adopta León? ¿Quién se gana a ese graderío diverso capaz de entregarse a un Pirata porque se jugó la vida pero que este domingo acude con más fe a otras historias: Morante, Roca Rey, Talavante o Manzanares?

¿Quién seduce? En la llegada, al bajarse de sus furgonetas se intuye lo que buscan los aficionados: A Manzanares ya le han visto y le respetan, Roca Rey es el hijo deseado de tantas señoras allí concentradas que le paran para que se haga una foto con su hija adolescente, o no tanto; a Talavante le miran a la cara los taurinos y le piden favores –«ármala, Alejandro, que puedes– y Morante es el duende que atrae y asusta. Huele a Camarón. lleva las patillas como Dalí, al que admira, llevaba el bigote. Puro surrealismo. Él, imprevisible, se atrevió a decir que no quiere ser Curro Romero, pero lo explicó, «porque quiero ser Morante». Ayer pasó de largo ante la capilla, ésa que no existía en la plaza pero dijo Curro que o había capilla o no salía a torear.

La gente le esperaba fuera de la plaza pero no le gritaban como a Fran Rivera, ni le llamaban guapo como a Cayetano... le miraban. Y él camina.

Ante su duende pone sobre la arena sus artes de seducción un niño bien de Perú, Roca Rey, torero desde niño, nieto de torero y Miss Perú, niño eterno que toreó con 7 años, debutó con 12 y parece estar bendecido por un trofeo que ha ganado varias veces: El Escapulario de Oro del Señor de los Milagros de Acho.

En sus inicios Talavante le regaló un traje nazareno y oro, hoy le disputa la seducción de la plaza. «Ármala Alejandro» le repiten y él mira de reojo. Está metido en sí mismo, parece ser cierta su declaración de intenciones: «Cuando voy a salir al ruedo habita una alimaña dentro de mí que no para de rugir. La única manera que tengo de acallarla es ser capaz de hacer mi toreo». Pasa la gente y no parece darse cuenta. Contesta pero no sé si a lo que le preguntan. No se lo pone fácil a la fauna figurona del callejón. Pero insisten.

¿Su toreo? Él le regaló a Roca Rey un traje de luces, no lo ha olvidado el peruano; y el extremeño Alejandro no ha olvidado cuando siendo un niño le llevó su abuelo a los toros y el triunfador de la tarde le regaló una oreja. Era José Tomás, no lo ha olvidado y reconoce, «alguna cornada le debo». Y para que el círculo de la tarde sea perfecto fue Morante su padrino en su alternativa. ¿Quiere ser Talavante una mezcla de José Tomás y el de La Puebla? No extraña que se lo vuelvan a gritar: «Ármala, Alejandro».

José María Manzanares, torero, hijo y hermano de torero, mira como pensando que es el dueño de menos duende, pero ya ha librado muchas veces esta batalla y sabe ganarla.

Arrancan los juegos de la seducción. La puerta grande está desengrasada. Con las armas presentadas sale el primero para Morante. La gente le mira, intenta indagar qué día tiene, el de la indolencia o el de la tarde que se descalzó en las Ventas para torear sobre un lago de agua. Pronto lo descubren. Es el indolente. No parece gustarle el toro, camina de manera mecánica, va dejando pasar la faena como si hubiera venido escoltado por la guardia civil. La sonora ovación con la que le recibieron y animaron sus primeros pases se va apagando. Comienza la faena de muleta y empiezan a sonar algunos pitos. Morante no quiere y el toro tampoco. Apenas cinco minutos y lo despacha con una estocada al biés, como por correspondencia. Sonora pitada. Ni se inmuta. Se va al callejón. No saca su puro, ¿no está con ganas?

La respuesta llega pronto. En su segundo toro. El quinto. No hay quinto malo. Los suyos le ven otra cara. Dicen que viendo a Talavante hacía gestos. Es otro. Recibe al toro con ganas, riesgo y variedad, lo lleva al caballo con arte. Mi vecino, el mismo que me dijo nada más llegar «este no es Padilla» y se calló después me va apuntando la variedad de los lances: caleserinas, navarras, faroles, verónicas… ciertamente bellos plásticamente.

Y a las 19.45 se supo que era el otro Morante. Se descalzó. Pidió las banderillas. Y el mismo que había matado al toro anterior por correspondencia se asomó a sus cuernos para colocar tres aplaudidos pares. Ya no bajó la intensidad. Más bien fue subiendo. Se colocó en el centro de la plaza. Daba series de naturales sin moverse, remataba de pecho, cambiaba… sabía que sólo faltaba matar. Y lo hizo. No al biés. Hasta la cruceta, un volapie de libro. No le quedó otro remedio al presidente que dejarle salir por la puerta grande. Dos orejas. Sonreía. Sabe que desde ese momento cada año se preguntará si viene Morante.

Talavante, el otro, el extremeño que sabe que hay arte pero detrás del trabajo y el valor que llevaba aquella oreja que le regaló José Tomás lo hizo al revés. Salió a por todas ya. Recibe con variedad. Gaoneras por detrás, delantales, revoleras y remates mirando al tendido que reciben la respuesta de un público entregado que huele a faena grande. Y acierta. «Ármala Alejandro».

Su cobriza cara negra de extremeño al sol hace que los dientes blancos de su sonrisa se vean en toda la plaza. Tira la montera con tirabuzón y después de varias vueltas cae boca abajo. Talavante se arrodilla. Mira al tendido, responde el tendido. Se levanta, cambia de mano, remata él mirando al tendido, responde el tendido.

Falta matar. Y no mata. Dos intentos fallidos parece que le roban una oreja cada vez pero el público rescata una a fuerza de pañuelos. Tanta emoción ¿para nada? La sonrisa delata que Talavante sabe que desde ese momento cada año se preguntará si viene Talavante a la feria.

En su segundo pareció sufrir la depresión del triunfo que se fue y no hubo historia. Ni desplantes, ni sonrisas, ni emoción. Se apagó la luz.

José Mari Manzanares
comprobó que en los toros «la plaza no es para el que la trabaja». Hizo de todo, arriesgó hasta el punto de una cogida que pareció más y se quedó en menos. Había faena pero no había ese clima que crearon para Morante y Talavante. Una oreja en cada faena, arrancadas pase a pase, le abrieron la puerta grande. Una anécdota que habla de la injusticia, en el inicio de su faena al sexto, con gracia, tuvo que ser una voz solitaria la que gritó «¡torero! y pidió música.

Y Roca Rey hizo lo que tiene que hacer un chaval, tirar tabiques, tumbar puertas... aprovechando que sabe que su cara de niño peruano ayuda. En su primero no pudo hacer nada porque el toro estaba más despistado que Belén Esteban en una conferencia en la Real Academia de la Lengua. Se arrodilló para recibirlo y el toro pasó de largo. Pero el hada madrina le regaló el octavo para que se luciera, tanto que el público llegó a pedir el indulto. El presidente dudó, habló, consultó y, decía mi vecino, puso cordura.

El chaval, visto lo visto, quiso ser Morante a ratos, Talavante otros, rompe y rasga, toreó de principio a fin. Como el toro respondía él no le dio respiro a la grada para que fueran subiendo la intensidad. Los trabajadores de la plaza engrasaban la puerta grande, algunos pedían el rabo. No fue, no debería ser.

Fin. El único que no salió por la puerta grande, Talavante, dejó los momentos más intensos. Manzanares debe seguir creyendo que el campo para el que lo trabaja. Y los dos que llegaban envueltos en enigma y embrujo marchan envueltos en embrujo y enigma.

- ¿Qué tal han ido los toros?; preguntan en un bar, no a mí.
- Una corrida muy Rajoy; un Morante muy Morante, y mucho Morante (una vez para mal, otra para bien).
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