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Murió Isaac, el último vecino de Las Muñecas

Murió Isaac, el último vecino de Las Muñecas

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El entierro de Isaac, todo el pueblo reunido en el pequeño cementerio que lo parece aún más ante la inmensidad de los montes que lo rodean. :| LALY DEL BLANCO Ampliar imagen El entierro de Isaac, todo el pueblo reunido en el pequeño cementerio que lo parece aún más ante la inmensidad de los montes que lo rodean. :| LALY DEL BLANCO
Laly del Blanco | 03/11/2019 A A
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Murió Isaac, el último vecino de Las Muñecas
Historias de la despoblación Isaac y Bernardina eran los últimos habitantes de Las Muñecas, los últimos vecinos. El día de la fiesta Isaac cayó enfermo y ya no regresó más que para quedarse en el cementerio; Bernardina desandó el camino y regresó a Ferreras, donde viven otros 3
No sé si Julio Llamazares al escribir La lluvia amarilla, ese grito desesperado de un pueblo que agoniza, sería consciente de que su historia estaría más viva en el futuro que en el momento en que la escribió y que su llovizna arreciaría con el tiempo, sobre los paisajes de nuestra tierra. Sospecho que somos muchos los que, leyendo ese libro, hemos tragado saliva conteniendo la emoción, poniendo otra cara y otro nombre a su protagonista, reconociendo callejas, paredones mutilados y zarzas invadiendo huertos, de tantos y tantos pueblos que agonizan en nuestra provincia. Yo me empapé de esa lluvia amarilla en Las Muñecas y el superviviente que se quedó a vivir con el silencio y la nieve de más de treinta inviernos, se llamaba Isaac Turienzo. Digo su apellido porque le corresponde, pero en la comarca del Tuéjar bastaba con decir Isaac, el de Las Muñecas, para identificarlo, porque su nombre estaba unido a la tierra donde nació, vivió y se quedó a dormir el sueño eterno.

Escribo esto el día que se cumple un mes de su muerte. No he vuelto al pueblo desde entonces, pero se hace difícil imaginar el regreso, sin que unos jirones de humo te den la bienvenida. Ya se añoran las madreñas en la puerta, sus cachabas, el tabardo colgado en el portal y entrar gritando «Hasta la cocina», para acabar la frase estando ya entre unos brazos de fuerza incontrolada. Siempre la misma estampa: la Sagrada Familia sobre la trébede, el vaso de vino en la mesa y el calendario en la pared, delatando el paso del tiempo, que allí parecía no existir.

Hoy, analizadas las cosas con distancia, me doy cuenta de mi error. Isaac no tuvo nada que ver con ese viejo agonizando en soledad, de La lluvia amarilla. Él nunca estuvo sólo, fue un icono en la comarca y su casa era parada obligatoria de todo el que pasara, camino de casi ninguna parte, porque allí, el círculo de montes hace pequeño el horizonte y el mundo se acaba pronto.

Isaac también tuvo un retrato amarillento, el de su difunta Laude, pero rehízo su vida con Bernardina, que un buen día, bajó la cuesta que separa Ferreras de Las Muñecas, para unir sus otoños con dos alianzas y la Virgen de la Velilla como testigo. Y allí se quedó con él, viendo el goteo de vecinos abandonando el pueblo, sobreviviendo al cerezal de la iglesia y al chopo de la cigüeña, ahora huecos en el aire, en los que ya no hay nido, ni chopo, ni cigüeña, ni cerezas.

Isaac nos hizo pensar que estaría ahí eternamente para recibirnos, en la esquina del escaño, junto a la lumbre, con Bernardina enfrente. Porque el tiempo fue borrando los callos de sus manos, los estragos de la mina y de los campos, en su cuerpo, suavizó sus facciones y fue cubriéndole con una pátina de calma, que le daba el aspecto de algo eterno. El mismo tiempo que se fue metiendo silenciosamente entre sus huesos, nada que no solucionaran un par de cachabas que le ayudaran a sujetar la vida. Ahora, Bernardina ha desandado el camino y, cuarenta años después, regresó a Ferreras con su perra Miguelina, buscando el amparo de los tres vecinos que quedan, para que el invierno no las encuentre solas en Las Muñecas, no vaya a ser que la nieve pregunte por él y para responder la verdad, tenga que admitir que Isaac se ha ido.

Por esas cosas del destino, Isaac, el hombre que vivió en un pueblo vacío durante décadas, lo abandonó dejando allí a los 80 vecinos que acudieron a la fiesta. Pudo ser el azar o la emoción, pero fue ese día cuando la vida empezó a temblarle entre las manos y tuvo que ser trasladado a León. Se alejó, perdiéndose en la curva que hace de entrada y salida al pueblo, la que apunta al sur, pero lleva a todas partes y esta vez, le llevó al infinito. Me apetece imaginar que todo fue premeditado y el guardián de Las Muñecas, con su misión cumplida, esperó a ver el pueblo lleno, para irse tranquilo. Y como hombre de campo, sabiendo y respetando los ciclos de la tierra, estiró su vida hasta la caída de septiembre para alzar el vuelo e irse con las golondrinas. Sólo entonces regresó, sobrevoló las chimeneas deshabitadas y anidó en el pequeño cementerio. Esta semana, con motivo de Todos los santos, volveremos a Las Muñecas y visitaremos ese cementerio, al pie de la montaña, en el que duerme la vida de un pueblo, ahora habitado por el silencio, donde ya sólo se mueve la lluvia amarilla del tiempo.


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