Con su marcha, nos quedará la melancolía del recuerdo de aquellos aparentemente razonables argumentos que nos empujaban a creer que una región en acelerado proceso de desindustrialización como la nuestra, debía hacer más que nadie por el futuro del planeta y abandonar la explotación de algunas fuentes de energía (y de riqueza) y liderar la apuesta por las renovables. Pues parece que con las renovables tampoco va a ser.
Mientras tanto, algunos seguirán creyendo en los Reyes Magos, en que nuestro futuro depende de magnates y fondos extranjeros que dadivosamente decidan crear industria y empleo en nuestra región. También en que instituciones que dicen representarnos aporten fondos o regalen subvenciones para mantener la ficción, cediendo al chantaje, al igual que suelen hacer en esa otra parte de nuestra comunidad autónoma que lleva siglos llamándose Castilla.
La buena noticia es que cada vez hay más personas dispuestas a llamar a las cosas por su nombre. Cada vez son más los que apuestan por que les digan que luchan contra molinos de viento. Saben que en realidad son gigantes y ya han perdido el miedo.
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