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Michelle

Michelle

LNC VERANO IR

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Rubén G. Robles | 14/08/2020 A A
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Michelle
La corona de Heinrich (XV) Jean Louis huye por las calles de París y se refugia en casa de Michelle
Los coches atravesaban las calles a gran velocidad. Volvió a sentir el frío de la noche. Lo ocurrido había servido para que Jean Louis fuera consciente de la importancia de aquel descubrimiento. Volvió a ver en su cabeza cada sombra, cada movimiento, intentando adivinar un detalle que le revelara algo de la identidad del hombre que le había perseguido. Pero sin sorprenderse lo más mínimo de lo que había llegado a suceder. Tuvo que dejar allí aquellos papeles. Apenas había tenido tiempo para dejarse caer desde la ventana, levantarse y huir.

El libro y los papeles, al fin y al cabo, pertenecían a la Biblioteca. No obstante, no entendía qué hacía aquel libro de finanzas en la Biblioteca de Saint-Jacques, en la Sorbona, su Universidad, cómo había ido a parar allí. Pero sabía que era la pieza con la que se reconstruía el maremágnum de cifras, lugares y personas mezclados de manera indescifrable hasta la fecha.

Le dolía el cuerpo, no sentía el brazo, arrastraba ligeramente la pierna y la cabeza no dejaba de dar vueltas. Había dejado en la sala el libro de finanzas de la Thule Gesellschaft. Resultaba extraño que el libro se encontrara en la Universidad y que al encontrarla aquel hombre hubiese llegado a aparecer. Vio las luces del Hospital crecer en la distancia y le pareció que se acababan en parte las desgracias de aquel día para él.

Entró dentro. Michelle apareció en mitad del pasillo, tenía el pelo recogido, vestía el traje de los facultativos que trabajaban en el hospital de Saint Paul. Pidió a Jeanne, una joven enfermera normanda, que le curara la herida en la rodilla, Michelle fue pidiendo a rayos que le sometieran a un par de radiografías en hombro y rodilla.

La enfermera le curó paciente y cuidadosa la herida de la rodilla y le puso una venda. Cuando terminó se quitó los guantes, sonrió a Michelle, levantó ligeramente las cejas en señal de despedida y los dejó a solas sin decir nada. Creció un silencio y entonces Michelle y Jean Louis quedaron a solas para poder hablar.
–¿Aún conservas tu apartamento de Dubois?
–Sí, aún vivo allí.
–¿Vives con alguien?
–No.
–Vayamos.

Michelle le miró a los ojos y volvió a ver en él al hombre al que no se le podía negar nada. Sabía lo que ocurriría si le dejaba entrar en su apartamento. Sin embargo, no quería negarse. Tardó unos segundos en responder.
–Espera, tengo que decírselo a un compañero.

Entonces pensó que quizás fuera mejor mantener alejados a cuantos amaba, consciente del peligro que aquel objeto y aquella historia arrastraban tras de sí.

Cuando Michelle bajó cogieron un taxi y se fueron. Llegaron por el otro lado del Sena. Conservaba intacto el apartamento que él había conocido de la Rue Emile Dubois esquina con Rue Dareau, cerca de la iglesia de Sainte-Dominique. Jean Louis se sentía cómodo, confortable, había sido prácticamente su apartamento durante los dos años que había durado su relación con Michelle. Fueron dos años extraordinarios, recordaba. Estaban ellos dos solos, de nuevo, en un escenario que Jean Louis abandonó con dificultad, el apartamento de rue Dubois.
–¿Qué te ha pasado? –le preguntó Michelle sin haberse despojado del abrigo y con las llaves de su casa aún en la mano.

Volvió a pensar en lo que había sucedido en la Biblioteca de Saint-Jacques. Y prefirió no decir nada.
–¿Puedo darme una ducha?
–Por supuesto –le dijo Michelle.

Se pegó una ducha, el agua que corría ahora por su cuerpo estaba caliente, vio la sangre seca irse por el desagüe. Pensó que sería mejor no contar la verdad.
–No debería estar aquí -dijo.
–Entonces, ¿por qué has venido? ¿Por qué me has llamado?
–Lo siento Michelle, no era mi intención…

Michelle tenía ganas de decirle que no le había olvidado y que seguía teniendo un lugar en su vida para él.
–Lo siento –dijo el profesor.

La escena se envolvió de un silencio incómodo.
–No sé por qué te he cogido el teléfono –dijo ella.
–Es que… no quiero involucrarte en algo que no sé muy bien de qué manera...
–¡Mon Dieu! –dijo Michelle.
–Me voy a ir - dijo Jean Louis mientras cogía su ropa. Se comenzó a vestir.
–No. Ahora es mejor que me lo cuentes.
–No importa, llevo demasiadas horas encerrado en la biblioteca de Saint-Jacques....

Michelle miraba ahora a quien tanto había amado. Sintió el deseo de abofetearle, pero cómo hacerlo a alguien a quien quieres besar.
–No quiero involucrarte, podría ser peligroso –dijo al final mientras permanecía de pie.

Michelle giró sobre sus talones y dio unos pasos hacia la entrada del apartamento. Se había quitado el abrigo, lo había dejado en el perchero de una entrada decorada sin excesos pero elegante. Se acercó al mueble que había junto a la ventana. Sacó un par de vasos bajos, de cristal grueso, estaban bien tallados. Se fue a la cocina y preparó una cubitera con hielos. Un tintineo alegre recorrió el pasillo.

Jean Louis se había sentado. El dolor de la rodilla se había vuelto más intenso. Había pasado el efecto de los calmantes. Nada es perfecto, ni siquiera el prozac, pensó al ver la cajita de comprimidos bajo la mesa del salón. Ella preparó dos generosas mezclas. Se inclinó hacia él para acercarle la bebida. Le pareció al acercarse que seguía siendo atractiva y carnal.
–Ten –le dijo y dio un trago largo a la bebida.

La enfermera se mostraba ahora algo más relajada y se sentó frente a Jean Louis. Le miró a los ojos, sin vacilaciones y sin parpadear.
–Cuéntamelo –le dijo.

Jean Louis era consciente de la importancia de no revelarle nada, de cargar él mismo y a solas, con aquel conocimiento adquirido, sin poner en peligro a ninguna de las personas a las que había llegado a amar.

Jean Louis sintió actuar en sus músculos los efectos favorables de aquel tónico. En aquellos momentos, sin las molestias de la caída y con las ideas borrosas de una lluvia turbia pero refrescante Jean Louis se sintió cargado de las toxinas de la adrenalina en el apartamento de Michelle, con una mente en la que se mezclaba la pesadez de los calmantes y la suavidad del gin.

Justo en el mismo instante en que acababan de serle reveladas por una cuestión de azar las claves para comprender todo aquel entramado de nombres, personas, lugares y fechas, la vida le había colgado de un alféizar. Las cosas le habían puesto boca abajo sin apenas darse cuenta.

Ella se acercó, Jean Louis seguía hipnotizado por la mezcla. La silueta de Michelle se vino encima, acogedora.
–¿Por qué has venido Jean Louis?

La cabeza de Jean Louis era un enorme tronco seco y pesado que no acertaba a sostenerse sobre el cuello del profesor. Sin embargo hizo el esfuerzo por esbozar una sonrisa de hombre tierno.
–Porque quizás no tengo ningún otro lugar al que ir y encontrarte.

Michelle se acercó a él, que continuaba sentado, buscó sus labios, él pareció despertar acariciado al contacto suave y carnoso de una boca amable. Ella le miraba, giraba agitada a uno y otro lado la cabeza, besándole, buscando la totalidad de Jean Louis, al hombre que vivía dentro de aquel hombre. Respiraba con fuerza frente a él.

Michelle se había quitado los zapatos y se puso en pie sobre la alfombra, sin dejar de mirarle. Se levantó el suéter. Jean Louis sonreía, volvía a ver aquella creación perfecta de mujer, a medias desnuda, en proceso de dejar al aire y sin vergüenza todo su esplendor, la madurez de una belleza adulta y cálida. Michelle se bajó los pantalones vaqueros y quedaron al aire la redondez y musculatura de sus piernas. Ante la visión Jean Louis despertó, regresando de su somnolencia, tratando de desvestirse, aunque sin fuerzas.

Michelle avanzó hacia él, desató la prenda, saltó el enganche del sujetador sin ruido y se lo quitó. Deslizó los dedos suaves entre la cinta de unas braguitas blancas y dejó que cayeran derrotadas a sus pies, entre las piernas. De un paso en el que movió cimbreante toda su figura, superó sensual y ágil la pieza. Entonces, sintió el corazón latiendo con fuerza bajo el pecho. Buscó los labios de Jean Louis y sujetó la cabeza de su amante con los ojos entreabiertos.

Los pechos tenían el arte de la contención y la abundancia. En tamaño y peso perfectos, olorosos y llenos de la emanación de la turgencia. Jean Louis despertó por fin al sentir la sinceridad y los aromas del acercamiento y sintió que la sangre recorría alegre la talla y estatura de su miembro. Michelle le ayudó a desprenderse del pantalón. Jean Louis se vio libre y desnudo, sin la camisa, el pantalón fuera y acercó la nariz a la piel de Michelle, deslizando la mejilla por su vientre, tratando de oler y escuchar la fluidez de la vida, paseando la lengua, confundida y viscosa entre los labios y los dientes, por la sobrecogedora erección de los pezones sobresaliendo en cumbre sobre la masa carnosa y dulce de las dos tetas perfectas de aquella diosa de mujer.

Michelle se levantó y paseó con gracia las formas redondeadas, la bellamente equilibrada y voluminosa apariencia de su curvilínea silueta. Encendió el equipo de música. Se sentó sobre él, que volvía a acogerla entre los brazos, apretándola contra sí. Michelle acariciaba la parte baja de la espalda de Jean Louis. Él trató de rastrear el aroma bajo la piel y se deleitó en el olor a secreciones y tejidos, a una epidermis suave y tierna. Se abrazaban desnudos y dispuestos a la intimidad.

Evolucionaba lenta, profunda y melancólica, la cavernosa voz de Leonard Cohen en A thousand kisses deep. La voz de alguien desesperado, que está a punto de morir de amor y confiesa a una amante con la intensidad con la que solo podría hacerlo él. Aquella voz continuaba ocupando el espacio, la arquitectura aérea de la sala. Cuando acabó comenzó a escucharse ‘Dance me to the end of love’, el himno de aquel amor finalizado más como algo que se rompe que como algo que se va a separar.

«Let me see your beauty…
Show me slowly…
… dance me to the end of love».

La noche avanzaba entre las canciones de Cohen que parecía un sumo sacerdote, descendiente de Aarón, conduciendo las almas a la perdición de la belleza y que le lleva a uno con su voz a conocer a los gánsters, a los luchadores y proxenetas danzando alrededor de los bordes de una noche de amor.

Sin emitir ni un sonido, hicieron en silencio el amor, no como en otras ocasiones en que guturales, sofocados y salvajes, acababan entregados el uno al otro de manera animal. Esta vez estaban concentrados cada uno en sus respectivos ritmos y movimientos. Golpeaban uno contra otro la cadera, como en un ejercicio sagrado y meticuloso. La voz de Leonard Cohen vacilaba entre llevarles y dejarse llevar a los extremos de la vida a través del amor y su final.Al terminar no quisieron decir nada, él dejó el vaso medio vacío sobre la mesa, volvía a ser aquella noche como había sido la primera vez.

Todo el mundo lo sabe, ‘Everybody knows’, así son las cosas. Cohen parecía hacerle un guiño de complicidad a Jean Louis que reposaba entre la abundancia benéfica de los pechos de Michelle. La música del poeta Leonard tenía algo de los cuentos hebreos, cuya tradición los hace oníricos, infinitos e inabarcables, como quería ser el amor por Michelle. Jean Louis no sabía muy bien en qué se había metido y si podría salir, tan solo sabía que si se iba del apartamento de su amante… sería para no regresar.


En la próxima entrega el mercenario a sueldo informará de lo ocurrido en la Biblioteca de Saint-Jacques mientras Jean Louis Lecomte leerá en su apartamento los detalles sobre la Thule Gesellschaft.
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