Esta web utiliza las cookies _ga/_utm propiedad de Google Analytics, persistentes durante 2 años, para habilitar la función de control de visitas únicas con el fin de facilitarle su navegación por el sitio web. Si continúa navegando consideramos que está de acuerdo con su uso. Podrá revocar el consentimiento y obtener más información consultando nuestra Política de cookies.
ACEPTAR

Mestre el Desobediente: rey persa de un solo vasallo

EL BIERZOIR

Inédito de Mestre pintado en las guardas de la Antífona. Ampliar imagen Inédito de Mestre pintado en las guardas de la Antífona.
| 23/04/2018 A A
Imprimir
Mestre el Desobediente: rey persa de un solo vasallo
Arriba las ramas Por Valentín Carrera
Hablemos de la Poesía. Este blog ecologista trata de la barbarie del Antropoceno a escala glo-cal (global y local), del cambio climático en la Antártida y en Corullón, del futuro limpio de todo el planeta y en concreto de esta hoya saqueada que llamamos Bierzo. Para gritar “¡Arriba las ramas!” el Día de los Comuneros, no encuentro mejor aliado que el poeta Juan Carlos Mestre, Premio Castilla y León de las Letras 2018.

Decir Mestre es decir Poesía y Ecología, y escribo con mayúsculas los nombres de estas dos amigas, por cuyas venas corre la misma savia de nuestros bosques sagrados. No me pondré poético —carezco de ese don—, para hablar de Juan Carlos Mestre, ni me tienta la elegía; me une con Mestre, además de ser dos bercianos de la misma generación y andar en malos caminos, algo más que una buena amistad: la fraternidad, y una profunda admiración y respeto. Por el poeta y por su obra.

Soy un mestrista proactivo. Durante el viaje interior por la provincia del Bierzo, en 2008, con Anxo Cabada y mis hijas Sandra y Alicia, llevé en la mochila la primera edición —la del Premio Adonáis— de Antífona del otoño en el Valle del Vierzo, y al acabar el viaje, en alguna taberna cálida, donde los poetas conspiran contra la historia universal de la infamia, Mestre iluminó, sobre la doble página del libro, el delicado regalo que ilustra este artículo: un inédito, hasta hoy, que guardo “en un relicario de ébano” junto al “hueso de San Pancracio de plata tan guarnecido que vale por siete casas con huertas de regadío”.

Despliego sobre la mesa un abanico de libros de Mestre, o con su sello inconfundible: Antífona, La visita de Safo, La tumba de Keats, La casa roja, La bicicleta del panadero; pero también los afortunados duetos con Amancio Prada: las imprescindibles Coplas de Jorge Manrique, o los gozosos poemarios de Santa Teresa de Jesús y San Antonio Pereira, ¡qué buena pareja harían, Mestrín, conversando bajo el ciprés de la Anunciada!

Cuando visito la poesía de Mestre —33 años después, la Antífona sigue siendo mi obra favorita—, la abro al azar, como los iraníes interrogan los versos de Hafez, el gran poeta persa. “Hafez siempre tiene la respuesta a tu pregunta”, dice Tahereh, mi amiga teheraní. Mestre, persa construido con la argamasa del Gilgamesh, es como Hafez de Shiraz: cuando interpelas sus versos, te habla la Poesía, certera y profética. Incluso cuando no la entiendes: “Algún día lo que escribo será inteligible”, dice en La casa roja.

Escojo otra página al azar y escucho su voz tronante recitando ‘Cavalo Morto’: “Cada amor que termina es un cementerio de abrazos”.

Interpelo La bicicleta del panadero y aflora el agua pura de su compromiso ecologista, manantial ético que en Mestre brota desde el primer verso de la Antífona: “Mis antepasados inventaron la Vía Láctea…”. Agua limpia y fresca, como el poema ‘Blancanieves’: “No tengo otro trabajo que el de Blancanieves me preocupa la ecología una mujer da a luz a un aborigen australiano el sistema agrario y los gases efecto invernadero no tengo otro trabajo que el de Blancanieves el poeta no puede quedarse al margen del bióxido de carbono ni de la magia de los animales deberíamos casarnos con los árboles tener relaciones profundas con las tribus lunares y los tibios arrecifes coralinos…”.

En otro tiempo habría que advertir al linotipista que respetara el párrafo anterior sin añadir puntos ni comas, como hizo a su antojo el corrector de Mellado en 1844 con el manuscrito de Enrique Gil, dejando El Señor de Bembibre hecho un cristo: Ramón Carnicer rescató el rigor de la prosa neoclásica de Gil y un tercer villafranquiense, Mestre, escribió con Muñoz Sanjuán la Historia secreta de la melancolía, el ensayo más lúcido sobre Gil y Carrasco, “el poeta que echaba migas de pan a la tristeza”.

Años después, en 2015, la generosidad de Mestre ilustró con láminas inmensas la edición del II Centenario, que ahora ha salido a cabalgar, y no sé si a matar molinos de viento, en English Version, The Lord of Bembibre, de nuevo engalanado con los beatos de Liébana miniados por Juan Carlos, ¡gratis et amore! Es justicia consignarlo.
Esta generosidad de Mestre forma parte de su ADN, como su compromiso ético con la Desobediencia Civil: “El poeta no puede quedarse al margen del bióxido de carbono”. “La historia como venganza, la derrota como conciencia”.

Sabemos de ese compromiso dentro y fuera del Bierzo: anteayer en Valladolid dio voz a los refugiados sirios, a los discrepantes y a los silenciados; clamó contra el Poder y el totalitarismo que nos asedian, y su voz, “cierva de oro, junto a qué ciegas columnas…”, retumbó en el salón herreriano, perforando los tímpanos de los consejeros, taponados por la cera de la corrupción.

“Bienaventurado el que soporta el préstamo de la verdad, el excavado en piedra y el que construido en paja es alternativamente señor de la nada y rey de un solo vasallo”. Juan Carlos Mestre el Desobediente, rey persa de un solo vasallo, Hafez del Bierzo, emperador de la amistad. Gracias por derramar sobre nosotros la luz de tu palabra. ¡Arriba las ramas!
Volver arriba
Cerrar
Iniciales LNC

Editorial

Icono viñeta con el texto Lolo

La Viñeta

Silueta de la escultura La Negrilla

La Negrilla

Carta

A pie de calle